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mentiras argentinas

Viernes, 24 de marzo de 2006

Juego de tres

Por fin había vuelto Sabina, con sus canciones de siempre. Y yo sin entrada para ver el concierto. Nova se levantó de la siesta y, semidesnuda, caminó hacia el baño haciéndome señas de que pusiera la pava en el fuego para tomar unos mates. Le había encantado definitivamente la infusión, y me la pedía cada tres horas. Cuando salió del baño, aún adormecida, se apoyó en mi hombro para mirar en silencio cómo le ponía yerba al mate en cucharadas milimétricamente calculadas. Es lo único que, desgraciadamente, he calculado en mi vida.
Mientras tomábamos unos mates, le comenté la idea de llegarnos hasta el estadio de Provincial. Con respeto sueco me dijo que si no teníamos los tickets, no íbamos a entrar. Nova, pobre, no tenía idea de quién era Joaquín Sabina hasta que pasó estos días conmigo y le hice escuchar a toda hora varios discos. Nova, pobre, tampoco tenía idea de que yo conozco a Jorge, un portero que trabaja para UTEDYC y me deja entrar en cuanto evento me caza sin entradas, o tickets, como le dice Nova, y tratan de incorporarnos a nuestro lenguaje algunas empresas. Si bien , un crítico de espectáculos recomendaba por radio no acercarse al lugar, para que no se generen disturbios, yo pensé que la recomendación no era para mí, que jamás participo de disturbios, a menos que tenga que defenderme.
Así que, como si tuviéramos las entradas, Nova se puso hermosa al punto que me hizo pensar cómo no me hice músico, cómo no escribí: Nova tomando el sol, bendito descontrol. Yo, como en los últimos tiempos de malaria: zapatos raídos sin lustrar, vaqueros tan gastados que parecían dos extremos, o sucios de verdad de varias semanas, o una nueva moda como ésos que venden con agujeros, y una remera con la cara de Nova estampada dos días antes en el taller de un amigo que acababa de convertirse en una deuda más de mi parte.
Llegamos sobre la hora del concierto, obviamente, es cuando los controllers tienen las manos acalambradas y si les mostrás una entrada de un Central- Temperley del año ’87, te la cortan, la meten en la urna rápidamente y te empujan para que ingreses porque están cansados. Yo no había visto las papeletas que representaban las entradas, no tuve ocasión de ver a nadie que las hubiera comprado. Me llevé los dos cartones bien recortados, y sobreimpreso con brillantina del recital de Serú Girán ’92. Recorrimos las puertas de entrada, hasta que vi a Jorge que me hizo una seña de que lo espere por ahí. Habría que ver dónde era por ahí, y cuándo volvería a ese lugar porque, seguramente, andaba controlando en los pasillos internos. Yo pensé que si amanece por fin nos iba a agarrar allí. Nova me dijo: anda, déjame que me desabroche un botón y me muestre al portero. Al escuchar eso pensé en mi reputación, en la manzana podrida y en que tal vez, Nova, no seas vos la mujer de mi vida. Jorge se asomó de repente, me hizo otra seña de que me acercara a la puerta más cercana a la que estábamos y fue allí que se oyó un estruendo, una ovación, era el ingreso al escenario, sin dudas. Uno de los porteros anónimos me preguntó si nos íbamos a quedar toda la noche allí. Le extendí las dos entradas y leyó con cara rápida y ligera, diciendo: ah, Charly, sí, creo que está como invitado, es amigo del quía; pasen. Correr por esos pasillos hasta la popular, fue lo más cercano al paraíso terrenal, en ese momento. Nos metimos en cualquier boca de entrada, y me mató verlo de remera negra y bombín, gesticulando con un bastón, mientras cantaba. Nova captó mi emoción y me abrazó mejilla a mejilla. Pedimos permiso, y lo conseguimos ante la locura del público extasiado. Nos ubicamos arriba, detrás, en el sector de los mancos, donde en los temas más intimistas jugamos juegos de manos, aunque ahí no daban una de romanos. Luego, la aparición de Baglietto, el primer músico que oí cuando vine a la Argentina y a Rosario a fines de los setenta. Fue corto el concierto, hubiéramos deseado toda la noche. Cuando se encendieron las luces y Sabina ya no estaba en el escenario, llegó la última sorpresa. No, no era Fito, ni Calamaro, ni mucho menos Serrat. Era Luz Leal, mi ex mujer. Estaba hermosa, qué mujer no está hermosa después de un concierto de Sabina, con una remera negra con mi cara estampada. Cuando Nova vio eso, no se sorprendió porque yo le había contado en alguna noche de insomnio sobre ella y sobre mí. Se besaron como dos chicas educadas y bajamos juntos comentando el recital.
Tomamos 27 de Febrero y luego, Ovidio Lagos. Compramos tres latitas de cerveza en un kiosco de la esquina y caminábamos bebiendo y cantando, unas cuadras temas de Sabina, otras cuadras temas de ABBA. Llegamos a casa, los tres, y tomamos (no, más cerveza no; no tenía en la heladera) unos mates y mucho café. Y por esas cosas de la vida que aún no dejan de asombrarnos terminamos en la cama los tres, muy cansados, y abrazados, como tres hermanitos huérfanos de película europea.
Al amanecer, fui el primero en levantarme. Me hice café, y me senté a esperar, cerca del mediodía seguramente, que se despierten las chicas. Luz y Nova tomarían conciencia de la situación. Me puse a leer unos poemas de Kerouac que conservaba por ahí, mientras pensaba que nunca tuvimos conciencia de nada. Miraba de a minutos la puerta del dormitorio, apostando conmigo mismo quién saldría primero. Cuando las vi aparecer juntas, cerca de las doce, me dejé llevar por el fluir de la vida, que a veces te llena de mentiras piadosas.

Por: Lüar Nömar | General | Comentarios (2) | Referencias (0)

Comentarios

Cuidado, Lüar! no dejes dos mujeres solas en la cama, sobre todo después de un recital de Sabina.
Estamos en el siglo XXI.......

dohmer vejstrup | 26-03-2006 14:36:26

Dificil tu relato, pero de una situación común que terminó como debía. La noche se hizo para el amor y el intercambio y las sensaciones hay que recibirlas y no tenerles miedo alguno. Lo demás es puro cuento...

Charly | 01-05-2006 11:38:50

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