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Viernes, 17 de marzo de 2006

Charla hacia el final

Aquella tarde de esta semana me pregunté por qué me levanté con dolor de cabeza, por qué ese presentimiento de que todo está por terminar, justo ahora que Nova está conmigo. Justo ahora que, por fin, hicimos el amor, y bien cabe la palabra. Pero la vida es así, decía mi vecino en Linköping, un anciano pasado de copas y de nariz roja llamado Rudolf: todo lo bueno tarda en llegar, y es efímero. Por eso cuando Nova me dijo, después del almuerzo, que deseaba irse a caminar sola, me entró un poco de temor. Temor que fue diluyéndose cuando aparecieron ellos.
Tomar mates con “Gold” de fondo, con “Dancing queen” en repeat, mientras charlábamos de reencuentros y emotivos momentos, era por cierto delirante. Hamlet me preguntó si había abandonado a Sabina, a días de visitar nuestra ciudad. Le dije que no. Solamente, se trata de un momento de luna de miel, llamémosle así. Döhmer escuchaba sin hablar, mientras chupaba la bombilla con elegancia nórdica.
Hamlet comenzó a contar su periplo en Buenos Aires del brazo de Cristina Wolf (que si se convierte en pareja estable suya, dejará de ser llamada amarga Jeanine, por supuesto). Dijo que flaqueó y que entró al campo a ver a los Rolling Stones, con la entrada que ella le compró. Hamlet sostenía que si bien estaba lleno de caretas, él no tenía cargo de conciencia, porque siempre había sido un stone, de ésos de llevar el L.P. bajo el chivado brazo. Dijo, además, que dada la extraordinaria afinidad, y juro que fueron sus palabras, decidieron quedarse en la capital para vagar por sus calles, hacer el amor en distintos hoteles que Cristina pagó y ver, ya que andaban por ahí, uno de los conciertos de U2. A Hamlet le brillaban los ojos cuando dijo que le dio la mano a Bono y que éste le firmó un autógrafo en el hombro a Cristina, con un fibrón indeleble. Luego de rodeos y detalles acerca de cómo aguantaron tanto tiempo en el campo, hasta la hora del concierto, de cómo se emocionaron con las canciones que conocían a través del disco o cassette, según el caso, Hamlet se despachó con una confesión. Dijo que cuando se habían ido todos a su casa, el campo quedó sólo para ellos. Las luces se habían apagado y él buscó la boca del túnel del local, donde tuvieron sexo desenfrenado. La idea era que cada vez que vieran un partido en River, cuando salieran a la cancha los millonarios, iban a recordar ese momento.
Döhmer me pasó el mate y luego de reiterarme que para él era una alegría enorme encontrarme, me dijo que ayudó a Nova a llegar hasta aquí. Según Döhmer, Nova había tenido seis intentos de suicidio, ante su situación de soledad. Döhmer confió que había comenzado a recorrer el mundo en busca de su destino actoral. Que sobrevivía, en cada país, reparando bicicletas mientras entrenaba actuando en cuanto cortometraje se le cruzara en el camino. Y que, cuando supo de mí, le informó, en uno de sus retornos a Suecia, a Nova acerca de cómo hallarme, puesto que ella le había confiado que me extrañaba desde la adolescencia. Döhmer describió su vida por estos años como la de un aventurero loco, como un romántico empedernido, como un tipo dispuesto a todo con tal de actuar. Y lo había logrado. Hamlet y yo lo habíamos comprobado cuando vimos un corto donde él aparecía. Me convenció de que Nova siempre estuvo pensando en mí. Me convenció de que yo acababa de ingresar en un paraíso posible. Me convenció de que el temor que aparecía en mí por estos días era el temor al cambio definitivo, que era lógico en cualquier ser humano. Me convenció de que el agua estaba fría, así que puse la pava en el fuego, y abrí otro paquete de bizcochos con grasa. Seguimos charlando de cosas pasadas, de una tía actriz de Döhmer de Dinamarca, donde él había nacido, aunque de muy chico su familia emigró a Linköping. Seguimos charlando del futuro de Hamlet, junto a Cristina Wolf. Y seguimos especulando acerca de si Nova se quedaría con nosotros, en Rosario, o si mis días por venir estaban en Linköping. Charlamos hasta que se fueron y yo quedé esperando la vuelta de Nova para decirle que fuéramos a comer pizza a la avenida cercana a mi casa.
Miré por la ventana varias veces, impaciente. Temí que al anochecer le hubiera ocurrido algo feo a Nova. Hasta que golpearon a la puerta. Era ella que, cansada y con una sonrisa natural, me abrazó y entró a casa dispuesta a quedarse una noche más.

Por: Lüar Nömar | General | Comentarios (0) | Referencias (0)

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la novela de un narrador que vive semana a semana

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