Viernes, 10 de marzo de 2006
Llegué a la Terminal de ómnibus con alguna ilusión. Fui caminando, mientras reflexionaba y para no causarle, de entrada, una mala impresión, no llevé mi bicicleta. Entré como entran quienes van a esperar a sus familiares en el andén respectivo, por la puerta que da a Cafferata. Me senté, para calmar la ansiedad, en uno de los bancos de espera que estaban ocupados por viajantes con múltiples bagayos. Pensé que un altavoz me daría la noticia feliz, me diría, por ejemplo: la señorita Nova Larsenvidt está a punto de descender del micro que la traslada desde Buenos Aires con destino al corazón de Lüar Nömar. Pero no. Los altavoces, prestándose a un juego entre macabro y grotesco me dijeron: Atención señor Lüar, atención señor Lüar, sus amigos Cristina Wolf y Hamlet Alfredo Caporosso le comunican que pronto se van a vivir juntos y, tal vez, para toda la vida.
Traté de alejar esos pensamientos horribles. Mi cerebro es de jugar con esas hipótesis traviesas que, en la mayor parte de los casos, no tienen sustento alguno. Lo importante era que me concentrara en Nova, en la bienvenida a Nova. Lo importante es la primera impresión. Porque, si bien nos conocíamos, reconozcamos que cuando pasan tantos años, uno suele encontrarse con sorpresas. Imaginé que Nova iba a aceptar alojarse en mi casa, sin más vueltas, para poder desenvolvernos con más tiempo y libertad durante sus diez días de estada en Rosario. Imaginé que desde el saludo hasta las primeras propuestas iban a ser naturales, como si hubiéramos dejado de vernos la semana pasada. Ojo, a pesar de la tecnología vigente, quiero decir el uso de camaritas web, sólo medió un llamado telefónico, gracias a que Döhmer le pasó mi número.
La gente iba y venía, los micros, ¿por qué le llaman micros si son gigantes?, también iban y venían. De pronto, llegó una unidad de la empresa Encuentros Turísticos y comenzó a descender un pelotón de viejitos, como que era una excursión del PAMI, o algo así. Entre ese pelotón vi a la mujer que miraba hacia todos lados (era ella, no sean ansiosos, amigas lectoras, amigos lectores, déjenme crear clima), como si buscara a alguien. Tenía un vestido largo, liviano, celeste con flores estampadas muy a lo años ’60; una vincha le contenía su cabello, su hermoso cabello de siempre, y con su bolso en una mano y un cartel en la otra (que decía Lüar, por supuesto), comenzó a acercarse hacia donde estaba yo. Sus ojos transparentes atravesaron los míos, y comencé a acercarme a ella. Nos estrechamos en pleno andén, la sujeté de la cintura, le besé varias veces sus mejillas. Nova dejó su bolso en el piso y sin que aún nos dijéramos palabra, giramos y giramos sin que nos importara la gente. En mis oídos penetraba el leit motiv de Nazareno Cruz y el lobo, de Favio. Era la escena de amor de Nazareno Cruz en pleno andén de la Terminal, estábamos, por fin, juntos en la Terminal (debía justificar el título en una frase). De pronto Nova me miró con esa mirada sólo dirigida por una mujer a un dios del Olimpo, y comenzó a cantar en un susurro:
Det är som jag hörde en sång-
jag tror det är kärlek på gång.
Y yo le respondí:
Waterloo-allting känns rätt, och det är min tro
Waterloo-du är mitt öde, mit Waterloo.
Y los dos, rematamos:
Wa wa wa wa Waterloo – du är mitt öde, mitt Waterloo.
Fue el momento ideal. Ése que no se repite con facilidad en nuestras vidas, y no merecía terminar como terminó. Porque, de pronto, una mano se posó en uno de mis hombros. Me di vuelta sin soltar de la cintura a Nova. No era la Lechiguana, tan bien interpretada en Nazareno... por Nora Cullen, aunque merecería serlo. Era Cristina Wolf, la amarga Jeanine Garófalo de estos lares, ceñida por la cintura, también, por mi fiel amigo Hamlet Alfredo Caporosso. Y la pregunta del millón era: ¿qué mierda hacían estos dos, allí, revocando parcialmente mi momento de resurrección, mi instante cumbre, mi orgasmo vivencial pleno de toda plenitud? La respuesta se oyó de inmediato: venimos de ver a los Rolling Stones en River, y de paso nos quedamos unos días para ver a U2, y de paso nos quedamos unos días para caminar por la ciudad luz de Sudamérica, y de paso decidimos que vamos a vivir juntos, aquí en Rosario. Y de paso, se podrían retirar ya, pensé. Pero mi cortesía llega más allá, y les presenté a Nova. Hamlet la admiró de arriba abajo, mientras la amarga Jeanine la escrutaba, para contarle a Luz toda la escena con lujos de detalles. Nova saludaba con mohínes simpáticos y un castellano rebaladizo como el que utilizaba mi prima Ag para decir: por eso, quiero dar las gracias a las canciones, que transmiten emociones... Jeanine la besó con un compromiso distante y Hamlet la iba a tomar del hombro o a manosear de alguna manera como solía hacer cuando conocía a alguna chica que le gustaba; por eso, le puse el pie adelante, a modo de advertencia. Así que al comprender la señal, se marcharon rápidamente, bajo la promesa de Hamlet de que nos veríamos en horas para ponernos al día con nuestras tareas. Nova elogió el encuentro, mientras ellos se alejaban y, antes de tomar el bolso, me besó en la boca, como para recuperar el tiempo perdido.
Salimos de la Terminal y tomamos un taxi. Llevé a Nova hasta mi casa. Le pregunté si quería ducharse y me contestó que aún no. Le preparé un café, me serví uno para mí. Puse música a volumen moderado y, mientras “Dancing queen” salía dulcemente hacia el ambiente, nos miramos en silencio, devolviéndonos la vida, después de algunos años.
Por: Lüar Nömar | General | Comentarios (0) | Referencias (0)
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