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mentiras argentinas

Viernes, 24 de febrero de 2006

La mujer de los gatos

Hace unos días, mientras Hamlet me convencía de que ya nos mandarían el cheque con el pago por la nota sobre Cachilo, nos salió una changa para reparar un lavarropas a tambor, de los viejos. La mujer que nos había llamado era vecina de una tía simpática de Hamlet que nos había recomendado.
Llegamos al lugar, una antigua casa de la zona sur, por Ayacucho al 3000. Fuimos en bicicleta con nuestras valijas de herramientas donde, excepto el motor Lambda, llevábamos una gran cantidad de repuestos que nos sacaban de cualquier apuro. Tocamos el timbre, cuyo plástico casi se disuelve en una extraña complementación entre el tiempo y la presión de mi dedo. Al rato, apareció una mujer cincuentona, de cabello canoso, mal peinado, con un rostro surcado inevitablemente por los años y los gruesos pliegues bajo los ojos. Mientras acariciaba un adormecido gatito de pelaje negro, nos dio la bienvenida, preguntando si éramos sobrinos de doña Escolástica. Hamlet dejó claro que él era el sobrino, y que yo era el ayudante. Entramos a la vivienda. La mujer, que se presentó con el nombre de María Cristina, veterinaria retirada, nos pidió disculpas por alguna desprolijidad en el living y en la cocina. Hacía referencia, sin dudas a la cantidad de pelos de gato que había dispersa en los viejos y raídos sillones de pana azul, en el piso y los rayones que surcaban las paredes despintadas desde épocas inmemoriales, producto de peleas gatunas, según nos enteramos después. La referencia continuaba en la cocina, donde la grasitud en la mesada, las paredes y el ventiluz hacían que éste último pareciera un vitraux siglo XVI, de calidad espantosa. Y que quede claro que, haciendo reparaciones técnicas, hemos visitado miles de casas y siempre mantuvimos confidencialidad en cuanto a la puesta en escena, que es una cuestión privada y a respetar; pero esta vez, fue indisimulable. Los olores que emanaban de ese sitio y de la humanidad de doña María Cristina, veterinaria retirada, solicitaban un trabajo rápido y barato.
La señora nos guió hasta el lavadero, que estaba en el patio. Apenas salimos al aire libre nos cruzamos con una cantidad incontable de felinos de todo tipo y tiempo y espacio. Si se sabe que los primeros felinos datan de hace unos cincuenta millones de años, éstos parecían haber sobrevivido a todas las épocas, aún con enormes deterioros a la vista. Un cariñoso Birmano se trepó de mi valijita y se friccionó contra mi brazo, mientras ronroneaba de una manera increíble. Ese es Carlitos, dijo la señora, el vagabundo. Sonreí con simpatía y le tiré una caricia desconfiada al minino. Mientras Hamlet hacía su entrada para nada triunfal al patio, porque un Rex de Cornualles (cómo sé de gatos), de pelo suave y cortísimo, pero con chicles varios pegados a diestra y siniestra se arrojaba sobre su cabeza, como diciendo: aquí mando yo. Hamlet tiró unos disimulados manotazos que no ofendieran a doña María Cristina, con un julepe y una molestia sin atajos. Al toque, simuló que se peinaba su escasa cabellera. De pronto aparecieron decenas de gatos, Esfinges, un Mau Egipcio con una lauchita muerta en su boca, Rusos de pelo corto (yo tuve uno así que se llamaba Cuqui), gatos de Singapur, y mestizos varios. Todos nos rodearon como patotas que querían poner en claro quién domina el lugar. Tratamos de disimular nuestra incomodidad y nos abocamos a ver el electrodoméstico de marras ( ¿se acuerdan de éste término?). Dimos vuelta el tambor para verificar el funcionamiento. Enchufamos el equipo. Estaba trabado. Sin embargo, la correa estaba aceptable, a pesar de todo lo que se imaginan. El reloj, aún funcionaba. Volcamos el lavarropas nuevamente, para verificar la paleta de plástico. Hamlet metió la mano y descubrió la causa de la traba. Sacó, con asco, un ratón de quince centímetros que, apenas lo dejó libre, escapó por el tapial más cercano ante el coro desesperado de maullidos y la persecución más feroz que presenciamos en nuestras vidas. María Cristina observó la escena con una mueca de satisfacción y, ante nuestro silencio, masculló un: ¡ésos son mis muchachos!
Limpiamos el lavarropas, le cambiamos el reloj, y le hicimos precio a la veterinaria retirada: diez pesos, por todo concepto. La mujer sacó un billete de una lata de dulce de leche que no había sido bien lavada previamente. Le hice una seña para que se lo dé a Hamlet: yo no toco dinero, dije, soy el ayudante. Hamlet me devolvió una expresión análoga a una puteada, mientras le decía: gracias, doña María Cristina. Nos fuimos del lugar tras acariciar a algunos de los gatitos que se acercaron a despedirnos. La señora, antes de cerrar la puerta, nos invitó a comer. Le dijimos que teníamos otros muchos trabajos por hacer y nos fuimos rápido de allí. Huimos raudamente, pedaleando sin respiro, oliendo el orín de gato en nuestras llantas, y puteando porque íbamos a tener que perder la tarde lavando las bicis.
Cuando llegué a casa, dispuesto a olvidar esa mañana, me encontré con un sobre pasado por debajo de la puerta. Una carta escrita en sueco. El remitente no tenía un nombre, decía una frase:
Det är som jag hörde en sång-
jag tror det är kärlek på gång.
Enseguida recordé lo que seguía:
Waterloo-allting känns rätt, och det är min tro
Waterloo-du är mitt öde, mit Waterloo
Wa wa wa wa Waterloo – du är mitt öde, mitt Waterloo
Y supe de quién era la carta: Nova Larsenvidt, mi amor adolescente, que conocí bailando Waterloo, del grupo donde mi prima Ag cantaba, durante un cumpleaños de una amiga en común. ¿Cómo me ubicó? Abrí el sobre con nostalgia de lo que fue y de lo que puede ser.

Por: Lüar Nömar | General | Comentarios (0) | Referencias (0)

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la novela de un narrador que vive semana a semana

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