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mentiras argentinas

Viernes, 17 de febrero de 2006

Periodismo aventura

Toda la tarde discutimos con Hamlet acerca de la clase de periodismo que nos hubiera gustado ejercer. Y recorrimos trayectorias, recordando influencias que nos permitían soñar con un futuro mejor, que se convirtió en este presente de mierda. Con Hamlet tuvimos nuestra época de lectores de historieta, cuando, con vergüenza, comprábamos la revista “Intervalo”, para leer las aventuras periodísticas de Tino Espinoza y Vogt, en los episodios de “Mi novia y yo”. Y digo que comprábamos la revista con vergüenza porque la mayor parte de las tiras de esa revista estaban dirigidas a mujeres, con “Helena”, “Gente de blanco”, “Cuentos de Almejas”. Pero a nosotros nos interesaba la tira de Robin Wood. Veíamos a Tino y a su compañero dibujante como el paradigma de lo que queríamos hacer: viajar y conocer gente, y meternos en quilombos que nos hicieran sentir a flor de piel que estábamos vivos. Por ende, el martes, mates de por medio, y cuando ya volvía el calor insoportable, discutimos la propuesta de Hamlet: escribir sobre Cachilo, el poeta de las calles. El asunto pasaba por cómo hacerlo, cómo investigar, cómo ir detrás de la verdad. Porque todo lo que se escribió sobre Cachilo está inundado de conjeturas, de imaginación y de idealización. Allí reside la verdad literaria, que no es lo mismo que la verdad periodística. Además, Cachilo no está. Como no está Olmedo, que tanto nos hacía reír cuando chicos. Sin embargo, si comentábamos en rueda de estudiantes que veíamos “No toca botón” o “Alberto y Susana”, éramos tildados de no menos que retrógrados y superficiales, allá por los ochenta. Más de uno de esos enjuiciadores terminaron haciendo ensayos, documentales, o loas orales hacia el maestro rosarino del humor nacional de improvisación. Con Cachilo pasa lo mismo. Ya no está, ya no lo podemos entrevistar, y muchas paredes ya borraron su poesía.
Pero Hamlet me proponía que inventáramos otro Cachilo, a nuestra manera, que copiáramos los poemas que habían sido extraídos de los muros, de las revistas municipales que las habían reproducido. Y que para ilustrar verazmente, pintáramos algunos en varias paredes olvidadas. A eso me oponía yo. A falsear el pasado. Es recrear, me decía Hamlet, es acercar a la verdad al lector de nuestra nota. No me convencía. Pensá, me gritaba Hamlet echándole dos o tres cucharadas de azúcar al mate antes de pasármelo, con nervios inconducentes. No podemos perdernos esta oportunidad que nos da esta mina de publicar en su revista, ahora que medio mundo cree que Rosario es la Barcelona argentina, ahora que nuestros compatriotas creen que esto es París, que a cada paso te encontrás con un tipo bajo un árbol componiendo una canción, con una mina bocetendo frente al Castagnino su futura obra maestra al óleo o acuarela o lápiz, o lo que venga que sea made in Rosario. Hay porteños que están convencidos, me decía Hamlet, con el termo en la mano, de que los colectivos demoran a propósito para que los creadores puedan inventar en esa media hora un cuento, o que la guardia urbana se inventó para que los cortometrajistas filmen una de acción en la peatonal Córdoba y se vea llena de guardias como si fuera Nueva York. No seas boludo, Lüar, no nademos contra la corriente. En la Boca, en el propio paseo Caminito, agregaba Hamlet, había gente comentando que en Rosario los churreros tocan en sus cornetas la quinta sinfonía de Beethoven, y que las comparsas para estos carnavales danzan al compás de “La flauta mágica” de Mozart. Si no aprovechamos este momento, no cobraremos una nota en la puta vida, Lüar.
El mate era demasiado dulce y Hamlet, cada vez más convincente, intentaba agregar más ejemplos. Acordate lo que nos dijo Soriano en aquella feria del libro del Patio de la Madera, insistía Hamlet: muchachos, lean y escriban mucho y, sobre todo, cobren porque ése es su trabajo.
Estuve toda la noche sin dormir. Pensando en las palabras de Hamlet, y recordando que en mi vida solamente había querido escribir, ficción y periodismo, periodismo y ficción. Habíamos quedado en comenzar al día siguiente con las fotos. Luego, escribiríamos en base al material obtenido. Nos encontramos frente al paredón de lo que fue la Estación de Trenes Rosario Norte. Hamlet tenía su cámara profesional, desde adolescente. La puso en el trípode meticulosamente. Apuntó hacia la pared gris pálido y, con un gesto de satisfacción, comenzó a ponerse el sobretodo negro, raído y holgado. Le alcancé la tiza y antes de ponerse en cuadro me preguntó: che, ¿Cachilo escribía con la zurda o con la derecha?

Por: Lüar Nömar | General | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

Me alegra que Lüar haga el comentario sobre Olmedo, más ahora que el mencionado tiene una estatua homenaje en el rosarigasino barrio de Pichincha.......porque eso de la denostación de los 80, seguida por el ensalzamiento postmortem yo también lo vi........en una misma y supuestamente culturosa y amplia revista.

Döhmer Vejstrup | 18-02-2006 13:16:36

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la novela de un narrador que vive semana a semana

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