Viernes, 10 de febrero de 2006
Si algo me venía gustando este verano, era ver la luz del sol al levantarme. Por eso me despertaba a las diez y media. Para asomarme a la ventana que da al patio y recibir, de lleno en el rostro, el arsenal de rayos tibios que me cargaba las pilas para soportar todo el día. Pero este lunes no fue así. Me levanté a las cinco de la mañana, me tomé un ligero cafecito y me fui hasta el centro. Extrañaba esa luz que me alimentaba cada día. Al salir, me di cuenta de que no había luz en la calle, y que me costaba cerrar la puerta con llave. Uno de mis personajitos internos me decía que la dejara abierta, total qué te van a robar. El otro me decía: cerrá, idiota; si te afanan la compu, no podrás escribir más en tu puta vida. ¿Por qué no voy a escribir más? ¿Y el papel y la birome, para qué están? Sí, pero no vas a poder presentar un trabajo si no está informatizado, y bla, bla, bla. Me fui, peleando contra mí mismo y, en definitiva, sin saber si había cerrado con llave o no. Maldije la falta de luz. A la vuelta de casa, una cuadrilla de la E.P.E., reparando un desperfecto que había dejado sin luz a toda la manzana. Ya la palabra comenzaba a molestarme, justo hoy, por qué, por qué.
Caminé varias cuadras, metiendo la mano en el bolsillo cada tanto para controlar que la guita estuviera en su lugar. Los afiches del pastor evangélico que visitaba la ciudad por estos días, se sumaban al complot iluminador: Hoy es el momento en que verás la luz que estará contigo para siempre. Y el tipo, elegantemente trajeado, bien peinadas sus canas, me señalaba con su índice derecho. Si no era porque deseaba tanto esa entrada para ver a Sabina que comenzaba a venderse este lunes, hubiera pegado la vuelta. Ya llegando al microcentro, me topo con un mural gigantesco. El mismo pastor de los afiches: la luz está contigo desde siempre, no dejes pasar la oportunidad de recibirla.
Intenté desechar todo obstáculo que me impidiera concentrarme en la compra de la entrada para el concierto. Comencé a tararear “Eclipse de mar”, me detuve en un kiosco de diarios y revistas para asegurarme que el diario no hablaba de tí, ni de mí. Sí, yo sé que la realidad es más amarga que mis pensamientos, yo sé que ella (mi ex) me hubiera acompañado, qué digo, me hubiera rogado que fuéramos juntos a escuchar a Sabina, pero yo prefería manejarme, por ahora, con mentiras piadosas. No iba a comprar dos entradas, ni simbólicamente, para ver qué pasaba. En primer lugar, porque no me alcanzaba la guita. En segundo lugar, porque no, y es no, che. Lo cierto es que me levanté temprano para joder a esas revocadas cincuentonas que caerían por el lugar a eso de las once, cigarrillo en mano, últimas toallitas femeninas de sus vidas en la cartera antes de la menopausia, para comprar su platea que les permita un idilio de dos horas con éxtasis al máximo. Así que valía la pena llegar tres horas antes de que abrieran. Me llevé el libro de poesía de Valenti, que me regaló un amigo, “Presagio de la reina ciega”, por si había panorama de levante y me tuviera que lucir con el nuevo autor de culto.
Al doblar por Paraguay hacia la peatonal Córdoba, tuve una especie de presentimiento incómodo. Esa cantidad de pendejas y pendejos de entre dieciocho y veintidós, que hacían cola cómodamente sentados en reposeras, o en el suelo, con termos en la mano, en una mano, y el mate en la otra, vendrían a cubrir a sus mamás y, por ende, a poner en riesgo mi adquisición de la entrada. Tengamos en cuenta que lo primero que se vende es la popular, y por la cantidad de gente que había era seria la posibilidad de que me volviera con las manos vacías. Pronto descubrí que no venían a cubrir a nadie. Algunos pelaban sus guitarras y entonaban sin faltas de ortografías canciones de Sabina y le comentaban a un movilero de una radio que se aprestaba a realizar una nota que estaban allí desde el viernes por la noche, y que por nada del mundo se perderían ese recital. ¡Momento, Lüar! No comiences a analizar la situación. Ya está, y ya está. ¿Por qué esta histeria para ver este recital? ¿Se trata de morbo? Todos saben que Sabina sufrió un percance de salud que casi lo envía sin estampilla al otro lado. ¿Hay un sentimiento implícito de que este es el último concierto? ¿No hubo olfato de los productores que lo contrataron? Porque tal como viene la mano, mientras pienso todo esto voy dando vuelta a la manzana y me doy cuenta de que las entradas se agotan el primer día. Pensé, pensé, pensé. Tranquilo, Lüar, haz que la luz se encienda en tu cerebro. A esta altura, maldije la palabra luz, que me persigue desde que me levanté. Pensé en cómo dispersar a esa gente. ¿Decir que hay una bomba? ¿Dónde, en la alcantarilla? Si hay tres cuadras de cola. Me posicioné en el último lugar. Abrí el libro, página trece: Sintió el calor/ que sobrevendría./ Pero en su idioma/ no había nombre/ para un fuego/ tan inmenso. Sin duda es un presagio que confirmo cuando me tocan el hombro. El número de página, todo, todo coincide. Mi hombro sintió todo ese fuego del que habla Valenti en su poesía. ¿Vos aquí?, pregunté. ¿Te sorprende?, me contestó. Es cierto, dije cerrando el libro pero dejando el dedo índice en la página número trece. Si no conseguimos entradas, me muero, dijo ella (mi ex; a esta altura ya se habrán dado cuenta, supongo). Iremos a ese concierto de cualquier manera, dije. Y agregué, sin tener en cuenta todo lo que había pasado durante estos últimos meses, desde que ella me dejó: te lo prometo, Luz, te lo prometo.
Luz sacó un termo de su bolso de tela y, con una sonrisa impresa en su rostro con ternura, me dijo que no había desayunado. Mientras preparás el mate, voy por las facturas, dije. Así que, mientras Luz cuidaba el lugar en la cola, fui hasta una de esas panaderías exquisitas que ahora inundan el centro y elegí las mejores, las más dulces, y me fui hacia el sitio de campamento pro entrada para ver a Sabina. Caminando, con lentitud, pensé en el poder de Sabina, en lo cómodo que me sentí en esos dos minutos. Pensé en su nombre, Luz Leal, mientras manoteaba una medialuna de manteca. Y pensé en la incomodidad que sentí al doblar hacia Paraguay y verla compartir sus primeros mates con un impertinente mocoso de diecinueve años, no más. Y su sonrisa abierta de par en par, como se abre la puerta a cualquier desconocido.
Por: Lüar Nömar | General | Comentarios (0) | Referencias (0)
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