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mentiras argentinas

Viernes, 03 de febrero de 2006

Llueve otra vez

En mi querida ciudad, no hay peor cosa que venir soportando días húmedos y calurosos y que llueva para tener más calor y más humedad. En esos casos, desde hace años, he optado por enclaustrarme en mi casa a leer, a trabajar en algún escrito, o simplemente a escuchar música con pantalones cortos, remera liviana y alpargatas.
Estaba en esa situación cuando tocaron a la puerta (sic en las novelas de suspenso y de detectives), así que opté por asomarme a la ventana. Una garúa persistente ahogaba el momento presente, las hojas de los tilos vibraban de frío (sic Edmundo Rivero). Fui hasta la puerta preguntándome quién cornos venía a las once de la noche a romperme las pelotas. Abrí y era Hamlet Caporosso, mi fiel Sancho en nuestras aventuras, mi noble Bernardo si yo fuera el zorro, mi diligente Robin si yo fuera Batman (¿protagonista, yo? ¿se dieron cuenta de que no tenemos superhéroes? son todos extranjeros). Le pedí que pase. Pasó y se dirigió a la heladera, de donde tomó una latita de cerveza que había quedado de no sé qué ocasión. Sonaba Supertramp (¿muy previsible?), it’s raining again. Me paré buscando apoyo en el marco de la puerta de la cocina, y al mejor estilo esposa despechada le pregunté: ¿dónde estuviste todo este tiempo? Hamlet me contempló con una incipiente sonrisa, dispuesto a escuchar todo tipo de reproches, para retrucar más tarde con soluciones inesperadas. Hamlet preguntó luego de un sorbo seguido por un inocente eructito: ¿te acordás de mi prima Lola, Lola Saboya? Mi rostro se iluminó. Sí, la nunca me quisiste presentar, porque estaba demasiado buena, pero soñaba con empresarios de la industria automotriz y vos me dijiste que me haría daño. Exacto, me dijo. Y continuó: Lola, se fue de vacaciones a Villa Gessell con sus dos hijos de cinco y siete años respectivamente, ¿me seguís? Sí, le respondí. Lola me llamó urgente una noche, diciéndome que partía de vacaciones en tres horas, y que se le había caído la niñera. Entonces, ¿cómo iba a desaprovechar esa oportunidad. No le podía fallar a mi prima, que fue abandonada por aquel siniestro empresario de la yerba mate con el que se casó finalmente y le hizo esos dos hijos que son como mis sobrinos. Acepté y, rápidamente, me armé un bolsito con mis cosas, metí algunos libros de cuentos para chicos que traía el Página/12, y que yo guardé no sé con qué objetivo. Y así pasé estos veinte días, hermano, a pleno sol y lectura de cuentos para chicos. Tenés que ver Lüar, nuestra sombrilla rodeada por todos los chicos de la playa escuchando mis lecturas. Fui felicitado por una mujer de Cultura de ese municipio, una mina que andaba por ahí exhibiendo su lomo infartante, y que se detuvo para oírme. Después dicen que no se lee en nuestro país. Y es así, no se lee, agregué; el que leía eras vos. Bueno, sí, vos siempre le buscás la quinta pata al gato. ¿Por qué no escuchás que lo que nos interesa aún no lo conté? Bueno, dale.
Hamlet se tragó el resto de cerveza. Se sentó con las piernas estiradas y las manos en la nuca, dispuesto a contarme el resto de su historia vacacional. Respiró como si fuera a bajar la cerveza y como si pudiera alterar el color rojizo de sus ojitos. Prosiguió: Una de esas noches, Carol, la chica de Cultura de Gessell, Carol Reebok, aceptó tomar un trago conmigo en un parador de la playa. Con el frío del mar lamiéndonos la piel, hablamos de nuestras actividades, de nuestros gustos en teatro, en literatura, en cine, en música, todo lo que sabemos. Hablamos de Rosario, ellos creen que es la Barcelona argentina, lo leen en los diarios, y yo me digo que si Barcelona se inunda cuando caen dos gotas de lluvia, si los colectivos barceloneses demoran una hora y media los domingos, si la periferia tiene una iluminación pésima y si las motos y bicicletas andan en contramano por las calles, sí somos la Barcelona argentina. Lo cierto es que hay que aprovechar los mitos, hermano, y más en nuestra desgraciada situación. Le dije que con vos estábamos haciendo periodismo freelance para algunas revistas de Europa, vos, Lüar, como escriba y yo como fotógrafo. Carol me contemplaba con admiración y asombro. Hasta que me confió que estaba dirigiendo una revista cultural “Mar de letras”, publicación oficial. Me dijo que nos pagarían dos lucas por una nota y fotos sobre la leyenda de Cachilo, el poeta de la calle. ¿Y yo me iba a negar? No, Lüar. Así que le saqué la camarita digital a Lola y sólo me queda contar con tu pericia creativa.
Lo miré haciendo una pausa. Le dije que aceptaba, que si quería podíamos comenzar la semana que viene. Me arrimé al equipo de audio, le pusé stop a Supertramp y le pregunté a Hamlet: ¿con Carol hubo cama? Hamlet se levantó dando un respingo y antes de entrar al baño a mear me dijo: te consigo un laburito, y mirá con qué me salís. Claro que hubo, claro.
Lo ví perderse detrás de la puerta. Y comprendí, por supuesto.

Por: Lüar Nömar | General | Comentarios (0) | Referencias (0)

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la novela de un narrador que vive semana a semana

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