Viernes, 20 de enero de 2006
Hace varios días que le perdí el rastro a Hamlet. Temo por él, luego de ver toda la historia del robo al banco Río de Acassuso. Pienso que podría estar involucrado. Es tan de él pensar en esas cosas. Lo cierto es que esta semana me la pasé encerrado, leyendo y tirando papeles. Notas de revistas, de diarios, que, finalmente, uno no sabe para qué cornos se van a utilizar, si es que se utilizan en el futuro. Entre otras cosas hallé una nota a Néstor Cappa, un ex ferroviario de los talleres de locomotoras de Pérez, en la que presenta un libro contando vivencias de sus tiempos gloriosos en ese lugar. Inmediatamente me acordé de un amigo que teníamos con Hamlet. Un muchacho que había trabajado, también, en ese taller desde mediados de los ochenta. Nos contaba historias que resultaban totalmente increíbles, pero que nos permitían quedarnos hasta altas horas de la madrugada escuchándolo. Todo lo que le pasaba en relación a compañeros de ese taller y a él mismo, la más mínima anécdota se convertía en leyenda, que en algunos casos superaban en imaginación a la crónicas de Narnia.
Recuerdo que siempre hacía alusión al imbatible equipo de fútbol que tenían, que llevaba no sé cuántos partidos invicto y que le habían hecho un partido a la reserva de River, que integraba entre otros en ese momento Batistuta, porque Passarella no lo quería, y que le habían ganado uno a cero, con gol de él. También contaba de extrañas apariciones, en los patios del taller, temprano, en esas heladas mañanas de invierno, a eso de las seis y media. Solían verse, según él narrador, animales prehistóricos en diminutos tamaños que deambulaban sin pudor, aunque huían cuando un ser humano amenazaba con acercarse. Alguna vez habló de locomotoras que se ponían en marcha sin que nadie las encendiera, y aclaraba que no era fácil conducir una locomotora, y te daba un curso de ese manejo, semejante al que recibían los aspirantes a astronautas en la NASA. Otras veces, comentaba con convicción que existían célebres fantasmas, que le tomaban el mate cocido a los obreros, lo que generaba un conflicto muy delicado entre ellos. Algunos de estos célebres fantasmas eran conocidos por el apelativo de “El pata ‘e bolsa”, “El manguera”, del que se decía que arrastraba su órgano viril como si fuese la cadena del Canterville. Habló, también del “Degollador”, que era, al parecer, un hombre que se había suicidado cuando se enteró que la mujer lo había engañado con un obrero ferroviario de ese taller.
El negro, así lo apodábamos a este narrador impredecible, era capaz de jurar que lo que contaba era verdad y que él comenzó a dar crédito de tales historias una mañana en que bajó del tren obrero, transporte habitual de esos trabajadores, con urgencia inusitada debido a una descompostura que le producía un infernal dolor de vientre. Fue al baño, que se hallaba en el descampado, en plena oscuridad, y alivió su dolor. Ahí se dio cuenta de que no tenía papel higiénico. En ese momento vio una luz, un resplandor que lo asustó mucho, y que de pronto se convirtió en una especie de ángel o hada madrina, que le alcanzó con unas bellísimas manos un rollo de papel, suave como nunca había usado en su vida, que no sólo contribuía a la salud higiénica sino que proporcionaba un placer inconmensurable. No tuvo tiempo de agradecer, el negro, porque el ángel, de cabellos dorados, como en las películas, alzaba vuelo hacia los techos de los galpones otrora construidos por los ingleses. Tras escuchar esta historia, Hamlet destapó otra botella de cerveza, y recuerdo que le dijo: dejá de joder, negro,¿por qué no te ponés a escribir todas estas cosas? Y el negro, con la parsimonia que lo caracterizaba, le respondió: ¿y qué creés que estoy haciendo?
Nunca más lo vi al negro, pero no puedo olvidar sus historias. Tal vez supo vivir de esa forma, asociando vivencias y leyendas para bien de anónimos escuchas.
Por: Lüar Nömar | General | Comentarios (1) | Referencias (0)
la novela de un narrador que vive semana a semana
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