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mentiras argentinas

Viernes, 06 de enero de 2006

Pensar en 2006

Esta semana comenzó a apagarse la euforia. Lo bueno sería preguntarse, ¿qué euforia? Si vos no sos un joven argentino, soltero de dieciocho años de edad, en condiciones de defender a la patria, no comprenderás qué euforia se desata cuando llega fin de año. Y si sos ese joven argentino, o ese tipo argentino, o ese anciano argentino, tampoco lo comprenderás. Porque esa euforia que se palpa a cada paso, en cada callejón, con o sin salida, en cada lugar, lleno de gente o vacío de gente, no se comprenderá nunca. Es su naturaleza.
Ya al oírse, en cualquier minúsculo sitio, la palabra diciembre, es motivo suficiente para penetrar gratuitamente en ese estado llamado euforia. Aunque te lleves diez materias a marzo, aunque sepas que los números no te dan para irte de vacaciones ni siquiera al Parque Sarmiento de Carcarañá, aunque sepas que debés algunos créditos, que no podrás pagar el año que viene tu tratamiento contra la alergia, no importa; estarás en condiciones de ingresar al fascinante mundo de la euforia. Y rescatarás lo bueno de ese estado que es “no pensar en nada”, sin gastar un mango en pastillas; nada de éxtasis, ni ácido lisérgico, ni cocaína, ni nada. En ese estado de euforia verás que podés salir a la calle y saludar al vecino que odiaste todo el año porque te arrojaba la basura en tu vereda. Podés desearle lo mejor al colectivero que puteás los once meses anteriores porque no arrima el coche al cordón de la vereda, o porque demora en llegar. Y, si tenés trabajo, podés llegar al antro de tu rutina diaria sonriendo y aplaudir cada boludez que diga tu compañero más odiado y abrazar al jefe porque se va a una paradisíaca playa brasileña, diciéndole que lo admirás por la excelente elección que hizo para disfrutar mientras vos te quedás pensando en la mejor y más dilpomática manera de pedirle aumento de sueldo cuando regrese. Eso es la euforia en nuestra Rosario de todos los días. Y más, los medios de comunicación se suman a esa euforia, comentando que todo el mundo se va de la ciudad durante el verano, cuando saben perfectamente que sólo un quince por ciento lo hace de una ciudad de más de un millón de habitantes, y que si lo hiciera la mayoría no alcanzarían las rutas para albergar tanto colectivo, volvé tren que te extrañamos. Te muestran la llegada de los turistas a los distintos puntos veraniegos del país, y luego como plus te dan consejos para que pasés esta infernal época en tu casa, contándote cómo refrescarla, sin agua, sin luz, porque te la cortan, aunque está todo bien y jamás hemos crecido tanto en tan poco tiempo. Y te hacen un paneo de la Florida, nuestro emblemático balneario, con chicas esbeltas que se tapan la cara para que sus amigas no sepan que se tuvieron que quedar en la ciudad. Pero, aclaran los comunicadores, estamos con la gente que es lo más importante. Por eso, en el noticiero de ayer, cuando un imberbe intentó romper con crueldad el estado de euforia en el que estamos importando noticias sobre atentados en Irak, o en la Franja de Gaza, o los incendios de coches en Francia nuevamente, la reportera local, acorde con nuestra legítima situación de euforia interrumpió: vamos a lo más importante, ¿el primer bebé del año, nació en Rosario?
El primer día del año, Hamlet me acompañó a lo de mi mamá Elena. Comimos algunos sándwiches, bebimos algunas cervezas, y nos tiramos en reposeras bajo unos árboles que ella, mi mamá, tiene en el patio trasero. Charlamos con honesta serenidad. Hablamos de nuestros proyectos, de lo improbable que, por fin, comenzaran a ejecutarse, de lo probable que siguiéramos en la lucha, y esas cosas. Mamá Elena me dijo que tendría que ir a buscar a ella (mi ex mujer), porque en esta época las mujeres se ponen más sensibles. Le cambié de tema, comentándole que la semana anterior me acordé de mi prima Ag. Afirmó asombrada: ah, esa chica, sí que le fue bien, ya debe tener casi cincuenta y cinco años, y no la hemos vuelto a ver, ¿seguirá con Björn? No, mamá, ya no, le dije yo. Y agregué: tendríamos que ir a Linköping. Mamá Elena me contempló como cuando yo era un chico de doce años y me dijo repetidamente: cuántas tonterías decís, Lüar, cuántas tonterías. Fueron las últimas palabras, antes de entregarme a un sueño extraño, en una playa cubana, y ¿a que no saben quién estaba, sola, caminando hacia mí, salpicándome agua de mar y lágrimas de emoción por verme? Sí, ella, amigos lectores, amigas lectoras, ella.

Por: Lüar Nömar | General | Comentarios (0) | Referencias (0)

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la novela de un narrador que vive semana a semana

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