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mentiras argentinas

Viernes, 30 de diciembre de 2005

Mi prima cantaba

Ya ha sucedido un par de veces, creo. Ese nombre y ese apellido me retrotraen a mi más lejana infancia, casi a orillas del Báltico. Döhmer Vestrup, creo que te descubrí. Él firma esos comentarios. Döhmer Vestrup, te venero. Sos el mecánico que me arreglaba la bicicleta durante mi infancia en Linköping, estoy casi seguro. Tu nombre fue una presencia constante en mi adolescencia. Yo te admiraba. Veía cómo tomabas las pinzas, cómo cambiabas los gomines, con qué eficiencia quitabas una cámara y le colocabas un parche sobre la pinchadura en tan sólo tres minutos, y me entregabas el vehículo listo para marchar raudamente a la plaza a pedalear contra el viento que provenía del norte, bien frío, por cierto.
Porque la cosa es así, realmente, mis estimados lectores y lectoras. Soy hijo de madre argentina y padre sueco. Hubo entre ellos un pacto para vivir un tiempo en cada país. Producto de ese pacto me tocó nacer en Linköping, una ciudad no muy lejana a Estocolmo, para quién sea afecto a los datos geográficos. Allí nació, también, mi hermana, la divorciada seis veces. Por ende, toda mi infancia, toda la escuela primaria la hice en Suecia y, por el pacto que ya les mencioné, la secundaria fue hecha aquí, en Rosario, con la suerte que implica haber llegado aquí con una naciente dictadura militar, mientras en la península escandinava surgía Olof Palme. Mi padre, Leäfar Nömar, volvía de vez en cuando a Linköping porque era socio en un diario deportivo local que cubría la pesca de arenque en Noruega, con todos sus campeonatos.
Esto de la idas y vueltas, las noticias que traía mi padre desde nuestra otra patria, me hacía saber de Döhmer. Estábamos en plena guerra de Malvinas, recuerdo, cuando papá Leäfar comentó que Döhmer se había inscripto en la escuela superior de drama y comedia de Linköping. Quería ser actor, dejar las bicicletas que reparaba con idoneidad y, decididamente, conquistar a mi prima que comenzaba a ser famosa en todo el mundo cantando, en inglés, en un cuarteto conformado por su pareja, un petiso con aires de niño travieso, y otra pareja compuesta por una imponente colorada noruega y un pianista de barba que sonreía siempre aún si le avisaban que había un terremoto debajo de sus pies. Yo recuerdo, desde mi más lejana infancia, esos intentos de Döhmer por alzarse con el amor de mi prima. Y se notaba. Ag, así le llamábamos a mi prima, le llevaba su bicicleta, con la que practicaba gimnasia todas las tardes para lograr unas nalgas que llamaran la atención de todo el mundo, y Döhmer le reparaba en tres horas, lo que a mí en tres minutos, en una muestra evidente por estar a su lado y acariciarle esos cabellos dorados que tanto le atraían. Sí, lo recuerdo perfectamente. Así fue, según mi papá Leäfar, que Döhmer realizó el curso intensivo de actuación, seis meses en la escuela y un post grado por correo, a través de un sistema de educación a distancia.
Cada vez que veía por televisión alguna actuación de mi prima, me acordaba de Döhmer. Durante mi adolescencia fue todo un tema, porque mis compañeros, incluso Hamlet, tenían en sus cuartos pósters color de mi prima y vivían más turbados que nunca por su emergente belleza. Además, la situación se ocultaba entre los compañeros, porque todos eran rockeros, y mi prima hacía un pop que rozaba el mal gusto cuando se trataba de versiones castellanas, escritas por Buddy Mc Cluskey, hermano de los Mac y Macs, según mi madre Elena, y de Donald Mc Cluskey, el de “...compañeros, chicken little, chicken little, siempre fuimos compañeros...”, y que le hacía decir, sin que yo pudiera creerle:...creo en angelitos. Lo cierto es que era un secreto entre Hamlet y yo que ella era realmente mi prima, la hija de un primo lejano de mi papá Leäfar, pero que yo veía con frecuencia durante mi infancia, en las nevadas tardes de Linköping. Y algo más cierto eran los debates que se armaban para justificar algún acercamiento con la música que cantaba mi prima Ag. Algunos decían que “Dancing queen” era un temazo que algún día sería reivindicado; otros defendían “Does your mother know?”, como un rock potente de tambores importantes. Lo cierto es que Ag convivía de alguna manera con ellos en su solitaria iniciación sexual y en mis recuerdos, mezclados con la admiración hacia Döhmer, mi bicicletero favorito.
Aún conservo en mi memoria la tarde en que papá Leäfar llegó de uno de sus viajes de Suecia y nos trajo a mi hermana y a mí un disco, un LP (qué vergüenza, qué antigüedad), donde, por fin convergían los dos recuerdos más agudos de mi infancia. Se trataba de “Super Trouper”, de tapa artesanal, luminosa, con una foto de Ag acompañada por el resto del grupo, todos ellos de blanco, y rodeados por gente de casta circense, malabaristas, jóvenes y hermosas equilibristas, y a la izquierda, casi en penumbras, con sombrero y máscara quizás, no se nota muy bien, Döhmer. Según mi padre, lo había logrado. Había aprobado un casting para estar en la tapa del disco, cerca de Ag o, tal vez, ocultando arma bajo la capa para terminar con el petiso de rostro de niño travieso.
Así pasaron los años. Tras la muerte de mi padre Leäfar, no volví a Suecia, no supe más de Döhmer. Hasta aquella tarde en que fui con Hamlet al Centro Cultural Rivadavia para hacerle pata a un amigo que actuaba en un corto en video que allí se presentaba. En esa historia que contaba el corto, “Sigo pensando en su suerte”, aparecía un hombre, un cronista al que no se le veía el rostro. Tal fue el estupor cuando leímos en los créditos su nombre: Döhmer Vestrup, como el cronista. Estuvimos semanas comentando eso. Mi madre Elena pensó que se podía tratar de una confusión y yo caí en un shock delirante. Le comentaba a todos con quien me cruzaba que Döhmer lo había logrado, era actor. ¿Quién? me decían todos con cara de no saber nada. Me asomaba por la ventanilla de los colectivos, gritando ante cada grupo reunido en las paradas: Döhmer vive, y es actor. Le pagaba el boleto a los ancianos y a los niños de la calle y cuando me preguntaban por qué lo hacía, les respondía que porque Döhmer vive y es actor. Cuando conocí a ella (mi ex mujer, la que me abandonó), me preguntó de qué signo del zodíaco era y le respondí que era de Döhmer, incondicionalmente de Döhmer. Con el paso del tiempo, decidí convertirme en escritor y no supe más nada de mi prima Ag, ni de Döhmer, hasta esta semana. Espero que seas, Döhmer, espero que seas, y si estás en Rosario, tenemos que vernos.

Por: Lüar Nömar | General | Comentarios (2) | Referencias (0)

Comentarios

Soy yo.........
Creo que habría que contar que a Agnetta le decían Ag....no por abreviar. Es lo que todos mascullaban al verla pasar en bicicleta.

Ignoraba que tenía un admirador por mis actuaciones.......en la misma ciudad en que por azar me encvuentro en este momento. Si sabía de la adoración que me tienen en algunos países (Andorra, Liechtenstein, San Marino) por exitosos ciclos televisivos locales. pero en Rosario.......Y nada menos que un primo de Ag (oops) netta.

Döhmer Vejstrup | 04-01-2006 22:54:33

Döhmer, maestro. Debemos arreglar una cita...

Lüar Nömar | 06-01-2006 22:10:23

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la novela de un narrador que vive semana a semana

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