Viernes, 16 de diciembre de 2005
El martes fue 13. No quiero hacer referencia a esa fácil superchería que asocia este día con desgracias que, filosóficamente, podrían explicarse de otra manera. No me pregunten cuál, pero seguramente hay otra manera. Este martes, decía, vino a buscarme Hamlet para que le hiciera pata con una salida. Le pregunté si había mujeres de por medio. Me dijo que no, si se entiende por mujeres a aquellas que son accesibles a los intereses sexuales nuestros. Le pedí que fuera claro, para evitar posteriores conflictos que pudieran surgir sobre la marcha y difícil de corregir a tiempo.
Hamlet apeló a mi sensibilidad findeañera y me recordó a su tío Vittorio, aquel que admirábamos de adolescentes porque era sereno de un cementerio. Con el transcurso de los años, el tío Vittorio se jubiló. Había construido su casa, a manera de anexo de un nicho en desuso que estaba en la periferia del camposanto. Luego hubo un juicio porque, al jubilarse el tío Vittorio, lo querían desalojar las autoridades municipales. Finalmente, terció la viuda del dueño del nicho, hablando del cuidado que el tío Vittorio le había dado a los restos de don Gómez Iñíguez de la Bartola hasta que fueron reducidos y colocados en otro sitio. El juez atendió tal testimonio y le dio un título del terreno de ocho por quince metros, para que el tío Vittorio y su familia permanecieran allí. Claro, más de uno se preguntará quién puede ponerse a pelear por un terrenito en un cementerio, quién puede ser feliz en un lugar como ése. Sin embargo, el tío Vittorio lo tomaba como un sacerdocio y realizaba visitas guiadas, comentando los porqués de los ornamentos que se podían visualizar en cada nicho. Eso sí, si bien por la tarde, el tío Vittorio se ponía a tomar mates y a escuchar radio, lo hacía respetuosamente a un volumen mínimo, apenas audible. Y la gente le devolvía el respeto, planteándole cualquier duda, incluso acerca de los tipos de flores a dejar de acuerdo a la conmemoración, ya sea día del padre, día del amigo, día de los santos difuntos y otros. Lo cierto es que Hamlet me comentó, como al pasar, que se había encontrado el domingo en el parque Norte con el tío Vittorio, que andaba por la Feria Retro buscando algún adornito, alguna campanita, algún cometa de brillantina para el arbol navideño de su hija. Y luego me dijo que el tío Vittorio lo invitó para el martes por la noche a cenar, a despedir el año por anticipado, en el nichalet (así le llamaba a su cuidada casita del cementerio). Y, además, que existía el pedido especial de que asistiera yo, porque el tío Vittorio me tenía aprecio desde que lo rescaté de un pozo del emisario 9 cuando volvíamos juntos de una rabona de la escuela.
Así fue que nos encontramos a conciencia buscando algunas botellas de cerveza, algún pan dulce, algún budín, y algunas frutas para una refrescante ensalada, como corresponde a estas latitudes en esta época del año. Más tarde, nos hallamos esperando pacientemente el 101, que nos llevaría hasta la zona oeste, polo de nuestro encuentro de camaradería con el tío Vittorio. Llegamos al cementerio. Tocamos el timbre que había junto a los portones de rejas negras. Vimos a unos trescientos metros la figura del tío Vittorio que se asomaba y se esforzaba por identificarnos en la vereda. Comenzó a caminar hacia nosotros y cuando estuvo a nuestro lado lo abrazó a Hamlet y le dijo: viniste con el sueco. Hola sueco, me dijo. Me acarició el rostro, me apretó la mano y señaló mi remera negra sonriendo por el dibujo del esqueleto con el cigarrillo entre los dedos. Creyó que era una fina alusión a la visita. La verdad, era la única ropa planchada que tenía a mano. Recorrimos el camino bordeado por añosos árboles que sólo cada treinta metros, más o menos, permitía ver la luna y algunas estrellas. Llegamos al nichalet y saludamos a la prima de Hamlet, una hermosa muchacha que vestía recatadas blusas en sacrílega combinación con extensas polleras de aburridos colores, que también utilizaba para predicar los domingos en el barrio. Su nombre era Julia. De ahí el antiguo chiste de Hamlet, desde que me la presentó hace algunos años, que refería a que yo debía escribir “La prima Julia y el escribidor”. Era tremendamente simpática, saludaba con cortesía, emitía cada palabra con una seducción del siglo XIV. Sin embargo, no podría amarla, pero tampoco odiarla. Julia había preparado la mesa y no faltaba ningún detalle para hacernos sentir bien. Puso música de villancicos a un volumen moderado. No se escucha más allá de la ventana, dijo con una sonrisa abarcadora. Nos sentamos a comer los deliciosos canelones que había preparado Julia. Comimos y bebimos animadamente, charlamos recordando viejas épocas, brindamos por nosotros, por nuestra salud y por nuestros deseos, y a las dos, cuando ya era miércoles 14, decidimos marcharnos. Julia me hizo prometerle que nos veríamos en unas semanas. No me atrevía a prometerlo. Por favor, Lüar, nos debemos una conversación, me dijo con un rostro que no veía en una mujer desde La familia Ingalls para aquí. En un rapto de debilidad le dije que, apenas comience el 2006, la invitaría a salir. El tío Vittorio y Hamlet sonrieron aprobando. La cerveza había logrado su efecto. Le dijimos al tío Vittorio que no se molestara, que llegaríamos solos hasta la puerta. Nos dio la llave y nos pidió que la arrojáramos lo más lejos posible, total al día siguiente él tendría que abrir y la encontraría en el camino. Nos saludamos con afecto.
En el camino comencé a sospechar que la cerveza nos acompañaba en el estómago. Las voces venían de ultratumba: “no creen, pero es verdad, es la pura verdad”. Lo miré a Hamlet que respondía a la mirada con estupor, aunque en silencio. Otra vez las voces: “no creen, pero es verdad, es la pura verdad”. Eran dos voces que repetían y repetían lo mismo. Observamos alrededor y no había nadie, por supuesto. Llegamos a los portones, abrimos, pasamos del otro lado y cerramos, como nos mandó el tío Vittorio. Arrojamos la llave lo más lejos posible. Caminamos hacia el norte. En 27 de febrero, justo en la esquina, Hamlet me confió que tenía ganas de mear. Me pidió que lo cubriera. Se acercó al paredón y, mientras evacuaba parte de la cerveza, se percató de la presencia de dos linyeras que dormían en ese lugar. Me chistó para que los viera y escuchara. Los tipos levantaban la cajita de cartón del tinto y repetían: “no creen, pero es verdad, es la pura verdad. Es jugo de naranja”. Hamlet se sacudió riéndose y se acercó hasta mi lugar con cara de escéptico. No hubo tiempo para comentarios, el 101, tal vez el último de la madrugada, estaba allí. Nos trepamos y vimos cómo se alejaba todo, incluso ella.
Por: Lüar Nömar | General | Comentarios (2) | Referencias (0)
javi | 17-12-2005 09:41:48
sinceramente amigo, he leido todo lo que escribes y no se como haces, esto de hamlet es realmente lindo, sabes escribir niño.
juan carlos | 20-12-2005 19:06:02
la novela de un narrador que vive semana a semana
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