Viernes, 09 de diciembre de 2005
Con Hamlet, pensamos que a esta altura de nuestras vidas, nunca más una aventura. Sin embargo, fue Germán, quien para sentirse agradecido por nuestra presencia en su espectáculo y por nuestro entusiasmo al aplaudirlo, nos citó para esta semana que pasó,en el bar. Era, nada menos que, para presentarnos dos mujeres que habían venido a un encuentro de teatro regional que tenía epicentro aquí, en Rosario.
Las dos eran directoras de teatro. Una, Alicia, era de Mendoza, y se pasó el tiempo inicial de presentación haciendo gacetilla de turismo, vendiéndonos su ciudad como la más limpia del país, con los mejores restaurantes, con la mejor comida y el mejor vino. Hamlet le preguntaba cualquier cosa, tuviera o no que ver con el teatro, para intentar un acercamiento. Alicia era de las que le atrajeron siempre a Hamlet: bajita, de cabello intermedio (quiero decir, ni demasiado largo, ni demasiado corto), tetas prominentes, carácter, aparentemente, dulce, y sobre todo veinteañera. La otra, demás está decir, era quien debía experimentar afinidad conmigo. Hablamos de, sí amigos lectores, amigas lectoras, hablamos de teatro. ¿De qué otra cosa íbamos a poder hablar en un marco como ése? En épocas del Congreso de la Lengua Española, yo aún estaba con ella (con mi ex, quiero decir), y no tenía estas oportunidades, ni tampoco las buscaba; pero de haberse dado esta circunstancia, hubiéramos hablado de lengua, por supuesto. Por ende, esta vez, la cosa daba para hablar de teatro. Y yo que siempre fui algo limitado al respecto, metía algún bocadillo sobre el teatro clásico rioplatense, mencionando con fervor a Arlt, y parte de la generación de los sesenta: Tito Cossa, Gorostiza, y compañía. Cuando la charla derivó al plano internacional no faltó oportunidad para poner el acento en Brecht, Becket, Miller y Tennessee. Incluso comenté, como al pasar, que alguna vez participé en un elenco que representó “Un tranvía...”, haciendo el papel de Kowalski. Un papelón, agregué para obtener un efecto contrario. Fue Alicia, quien señaló mi parecido físico con el Brando de esa época, lo que provocó algunas risas y una molestia en Hamlet, un pequeño celo del momento. Hamlet cruzó las risas diciendo que todos, alguna vez, hemos hecho teatro: yo hice “Sueños de una noche de verano”, dijo con memorable precisión, y repararon en mí, aunque hacía de árbol. Hubo un instante de duda, en que nadie supo si reír o si asentir seriamente. Finalmente, después de repasar ligeramente, y con algunas inexactitudes, nuestras biografías, salimos del bar y nos bifurcamos de dos en dos. Germán se había ido hacía media hora, con una compañerita de sus clases de teatro; por lo tanto, Hamlet y Alicia anunciaron que se marchaban hacia las peatonales a caminar un rato para bajar las cervezas, y ... ah, pequeño detalle, Estocarda y yo (sí, así se llamaba,ése es el detalle) enfilamos hacia el río.
Mientras le hice alguna referencia acerca de una supuesta estancia de Raymond Carver por estas costas, en los años ochenta, casi le recito el poema “Un pez volador”, adjudicado al escritor norteamericano. Estocarda sacó el tema del origen de su nombre, cuando notó mi dificultad para nombrarla y me dijo que fue un capricho del empleado del registro civil, en Corrientes, cuando la fueron a anotar. Cuando su madre quedó embarazada, ella y su novio andaban enamorados de la película “Grease”. Su padre se había identificado con el personaje que jugaba Travolta, pero su madre, no sólo no se había sentido atraída por el personaje de Olivia Newton-John, sino que se había enganchado completamente con el personaje de Rizzo, que jugaba Stockard Channing. A partir de esa situación, se juramentaron que si nacía una niña le pondrían ese nombre: Stockard. Pero llegado el momento, y a pesar de la fuerte discusión generada en aquella deteriorada oficina pública, el empleado dijo que no atentaría contra el inmaculado nacionalismo que dio origen a nuestra patria, y que, además, era demasiada concesión inscribir una supuesta traducción, porque ese nombre no figuraba en la lista oficial. El empleado ofreció algunos nombres que comenzaban con “E”, como Encarnación, Eduarda, Eulogia, Efemérides, Evelina y otros. El padre de Estocarda había amenazado con presentar una demanda porque, le mentía, tenía una tía abuela en Arizona que se llamaba Stockard, y no podía romper con el mandato familiar. Sin embargo, en pleno proceso de la dictadura militar (año 1980, más exactamente), no había derecho a ese tipo de cosas, ni a otros tantos tipos de cosas. Así deambuló por este mundo durante veinticinco años, una mujer llamada Estocarda. Hasta que recaló en una apacible noche, junto al Paraná, bajo unas estrellas ávidas de imágenes erógenas, en compañía de un hombre llamado Lüar.
El celular, el maldito celular interrumpió nuestra charla. Si ya venía detestando esos sonidos recién llegados a nuestras vidas urbanas, por su intromisión en momentos particulares como el viaje en colectivo, la sala de espera de una clínica, o el auditorio donde se desarrolla una disertación acerca de cómo comprender a la tecnología moderna en el mundo de hoy; ésto fue el colmo. El vulgar aparato destilaba “Kilómetro once” como ring tone. Estocarda, tan sorprendida como yo, buscaba en su cartera, y cuanto más buscaba menos encontraba. Cuando dio con el teléfono (casi no me atrevo a llamarlo así), dejó de sonar. A punto estaba de guardarlo cuando sonó otra vez el conocido hit de Cocomarola. Era su esposo. Sí, tenía esposo, y yo no lo sabía. Le pedía, desde Corrientes, instrucciones para cambiar al bebé que se había meado como el mejor. Estocarda dio cátedra de madre dictándole paso a paso cómo debía apoyarlo sobre la mesa, cómo limpiar la colita, cómo colocar la talquera, como cruzar el pañal descartable y como hamacarlo para que deje de llorar. Cortó y me dijo de inmediato que estas situaciones la ponen mal y que la disculpara, pero quería irse al hotel. Pensé que tendría una oportunidad en el hall del alojamiento, pero mi intuición falló una vez más en mi vida. Estocarda me dio un beso en la mejilla y me pidió que nos viéramos en la función del día siguiente del grupo correntino.
Llegué a casa, me senté en la cocina, encendí un cigarrillo, que ya comenzaba a darme asco, y a provocarme estornudos persistentes. Ya comenzaba a esfumarse una de mis armas de seducción: fumar como un actor de cine. Me preparé un café. Encendí la PeCa, puse un CD de Sabina y, mientras me contaba que sólo quería decirle que el universo era más ancho que sus caderas, pensé en Hamlet y la fiesta que se estaría haciendo con Alicia, utilizando su viejo truco del romántico solitario. Ella, mi ex, no podía faltar a la cita. Se adueñó de mi mente, logrando que lamentara mi soledad.
Por: Lüar Nömar | General | Comentarios (1) | Referencias (0)
Me parece estupendo esto de ir a todas partes con una historia. Lüar, me llevas a todos lados y lugares, como los recuerdos y los sueños. Te seguiré hasta que me canse.
saulo | 12-12-2005 20:31:46
la novela de un narrador que vive semana a semana
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