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mentiras argentinas

Viernes, 02 de diciembre de 2005

Monólogo en el bar

El martes por la noche, mientras centenares de sexagenarias producidas pugnaban por ingresar al teatro El Círculo para ver y oír a Serrat, Hamlet me dijo que tenía un circuito a seguir por nosotros dos. Un amigo suyo, Germán, estaba dando sus primeros pasos en el oficio actoral, y esa noche representaba un monólogo en un bar de la calle Mendoza, en pleno microcentro. Ahí fuimos. Saludamos al tal Germán, y luego nos instalamos en una mesa vacía. En realidad, teníamos para elegir, porque todas las mesas estaban vacías. Pedimos una cervecita con ingredientes y esperamos a que se apagaran las luces. Le pregunté a Hamlet cómo se llamaba el acto. “Entre rejas”, me contestó. Y justo en el momento en que no entraba nadie más, comenzó el espectáculo.
(Essel está preso. El marco de la escena puede ser un sitio en semipenumbras, una mesita tipo bar austera y una silla de madera. En lo posible una reja entre el actor y el público, pero no es imprescindible. La ropa que luce es una camisa raída fuera del pantalón, también jean raído y zapatillas de tela gastada.)
ESSEL: -Está bien que siempre fui algo vago. Bah, inclinado al ocio creativo. Pero no merecía ésto, se los juro. (Mira al público) Ya hacía mucho que estaba sin trabajo. Vieron cómo son estos tiempos, para conseguir un laburo tenés que invertir más guita que si levantás un hotel cinco estrellas. Que currículum en carpetas, de esas modernas, de plástico, que sobre papel madera, que fotocopias. Si hasta en los avisos te ponen casillas de correo que no sabés dónde mierda quedan para que tengas que pagar tres mangos en la estampilla. Parece a propósito. Porque si vos ves la dirección de la empresa que ofrece el empleo, te ahorrás el correo y la llevás vos mismo de a pie. Pero no, te complican todo. Y después al cartelito de vago que llevás en la frente, no te lo saca nadie. Así, después de tanto andar golpeando puertas, apareció el aviso en cuestión, que ojalá no lo hubiera visto nunca. Pero, claro, uno se deja seducir por esas multinacionales que vienen a invertir al país con propuestas nuevas. Porque el telemarketing es una propuesta nueva. De los noventa. Y el nombre era atractivo, por qué no admitirlo. TEL APONGO. Sí, así. (Escribe con tiza en la pared de atrás para que el público lea.) Suena atractivo, para mucha gente. Una empresa de comunicaciones de capitales norteamericanos y africanos. Y ofrecían diez mil puestos de trabajo. ¿Qué gobierno les iba a decir que no? Así que hice la cola y fui a la entrevista. (Recuerda algo de golpe) Ah, la entrevista. Me preguntaron mi nombre, dónde vivía, si sabía escribir en una computadora, y si sabía hablar. (Pausa, asintiendo con la cabeza) A todos le preguntaban lo mismo y te mandaban a la revisación médica. Decían que la capacitación se haría cargo del resto. (Va hasta la silla y se sienta. Enciende un cigarrillo) La capacitación fue genial. Un salón moderno, lleno de minitas empilchadas (mira al público sorprendido), ¿qué antiguo, no? Quise decir producidas. Lleno de minitas producidas como si fueran a laburar en un shopping. Si los clientes del otro lado del teléfono las hubieran visto, les hubieran comprado todo. Sí, a algunas les pedían el teléfono. Pero yo creo que algo de decepción les quedaría a los clientes, porque ellas decían mi número es... llámeme al 0800-777- MARISA, por ejemplo. (A los hombres del público) Ustedes, muchachos, ¿alguna vez en su puta vida se levantaron una minita que les pidiera que las llamaran a un 0800? (Pausa. Risa cómplice) No, ya sé. Lo de las HOT LINE llegó después. Pero en ese momento, ésto era algo nuevo. Lo cierto es que lo primero que te enseñaban en la capacitación era a atender una llamada. ¿Quién no atendió una llamada telefónica en su vida? (Al público, con reproche cómplice) Ah, sí, qué fácil. En tu casa vos levantás el tubo y te llama un amigo, un pariente, y vos decís: holaaa,¿quién habla? O, bien, ¿Hable por favor? Y de inmediato se inicia la amena conversación. Pero cuando vos apretás el botoncito, con los auriculares puestos. Sí, porque nos daban auriculares modernos, y si tenían alguna fallita te los cambiaban. No, si los tipos habían puesto toda la guita. Decía, te quiero ver cuando apretás el botoncito y tenés que decir: TEL APONGO, buenas tardes. Ahí te quiero ver. Porque yo, al principio, decía TEL y hacía una pausita breve, como para respirar, y atrás le mandaba el APONGO buenos días o buenas tardes, según el turno. Pero después venía el supervisor y te cagaba a pedo. Decía que esa pausa era una forma impertinente de vacilación, que podía hacer perder el cincuenta por ciento de la venta, que ya entraste mal con el cliente, y qué sé yo cuántas cosas más. Y si le discutías, te explicaba que eso estaba en los manuales yanquis del telemarketing, que eran fórmulas ya probadas y exitosas. Lo cierto es que tanto me rompieron las bolas, que en poco tiempo andaba repitiendo por todos lados: TEL APONGO, buenas tardes. Sí, yo no sé si ustedes lo van a creer, pero estos sistemas de trabajo no te conducen a una jubilación indigna. Te conducen a un neuropsiquiátrico, te lo juro. Llega un momento en que entrás a la panadería y te dicen buenos días. Y vos le contestás: TEL APONGO, buenos días. En tu casa ya ni querés atender el teléfono. Y si vas en colectivo y va a bajar alguien, cuando sonó el timbre, si te agarra medio distraído, le decís al que va a bajar: TEL APONGO, buenas tardes. Y el tipo o te manda a la puta que te parió o piensa que estás de la cabeza. Y algo de razón tiene. (Se para y se pasea, pensando, de un lado a otro). Y así, antes de que me ocurriera lo que me ocurrió para que yo esté aquí, pasaron por mi auricular miles de clientes. Estaba el que se confundía. Marcaba mal el número y cuando escuchaba el ya famoso, a esta altura, TEL APONGO, buenos días, te contestaba. sí, ya me la pusiste varias veces, porque ustedes los de la DGI se creen que somos todos boludos y me quieren cobrar dos veces el mismo impuesto, y bla, bla y bla. Y le tenés que explicar que se comunicó con una empresa de comunicaciones y te pide que lo derives y se enfurece porque vos no podés. Qué cornos sabés cuál es el 0800 que el tipo quería marcar. (Pausa) Después estaban los que llamaban por un servicio de internet. Vos le tirabas todos los precios y al tipo no le daba el cuero. Entonces te insinuaba si por unos manguitos le podías mandar una cuadrilla para que le hicieran una conexión clandestina, como la que tenía en la TV por cable. Cuando vos le decías que no, ahí comenzaba la catarata de insultos, y que TEL APONGO las pelotas, que yo era un forro de los yanquis (al público, cómplice), y cuánta razón tenía, que éramos todos unos ladrones, hasta que se cansaba y cortaba. Entonces vos decías: por fin. Y aparecía el supervisor, que había estado escuchando la conversación con su monitor, lo que era habitual, y te decía que no supiste manejar la venta, qué para qué carajos te capacitan. Que era regla de la empresa que si alguien llamaba a la DGI, a la AFIP, o al convento de las Carmelitas Descalzas, tenía que terminar siendo cliente de TEL APONGO. (Pausa. Se sienta otra vez. Respira hondo, como descansando.) Y yo creí que en esas discusiones estaba todo mi mal de empleado. Y ustedes se preguntarán cómo llegué hasta aquí. (Pausa) Todo comenzó cuando nos asignaron llamadas, para vender paquetes de servicios en la ciudad de La Plata. Sí, realmente, nunca viajé tanto como en este laburo, sin moverme de esa silla giratoria. Entonces, me toca un viejito, un anciano, de unos setenta y cinco años. Entonces, ¿qué podés ofrecerle a una persona cándida que está disfrutando de su apacible paraíso jubilatorio? De todas maneras, traté de manejarlo; uno tiene su corazoncito, qué tanto. Le digo al buen hombre que tengo un paquete para él, y me pregunta si soy del correo, y se apresura y habla sin dejarme meter bocado. Que le lleve el paquete a la casa, porque él creía que se trataba de una encomienda. Antes de que profundice con el embale, le explico, de manera pausada, que se trata de otro paquete. Y el hombre me dice que sí, que acepta todo lo que le ofrezca. Ahí es cuando noto que allá en la plataforma, el supervisor me hace señas (Hace señas de ponésela, con el puño cerrado). Yo no entiendo demasiado. Después, con ambas manos, me hace gestos desesperados, así (Hace señas golpeando con el reverso de una mano sobre la palma de la otra). Cuando ve y se convence de que no le entiendo un carajo, se saca el auricular y se me viene como una tromba hasta el box. Yo digo: éste me va a pegar. Se acerca y me grita: acostálo, ya compró; no podés perder esta venta. Entonces, le digo al viejito que tengo internet al cincuenta por ciento. ¿Y eso qué es? Me pregunta. Y es verdad, ¿qué cornos puede saber el hombre lo qué es internet? Trato de actuar con empatía y le explico que es un servicio para conectar su computadora. Ah, pero no tengo, ¿la heladera? ¿no puedo conectarla? Le explico que no, que es un servicio telefónico, que conectando la computadora a la línea puede comunicarse con todo el mundo. ¡Qué bueno, porque tengo un amigo en un pueblito de Italia y perdí el número de teléfono! El supervisor me levanta el pulgar. Y otra vez la seña de: Acostálo. Entonces el viejito me dice que yo tendría que hablar con su hija, que vuelve a la casa como a las diez de la noche, pero que ella es la que entiende y que andaba por comprarle una computadora a los hijos. Ahí es cuando lo miro al supervisor que se agarra la cabeza como si se le escapara el último transbordador a la luna. Yo me hago el boludo y mirando la pantalla de la computadora le digo al viejito: es una pena que se pierda esta promoción. (Pausa) Ahí está la palabra mágica. Cuando el viejito escuchó la palabra promoción, me dijo que agarraba viaje, tomame los datos, pibe, me imploraba. Yo creía que le estaba afanando al pobre anciano. El supervisor abría los ojos e insistía con eso de acostálo, acostálo. Se movía en la plataforma como una víbora en celo. Entonces le digo al viejito que dé su nombre y apellido, y empiezo a cargar los datos. Le pido el número del DNI, y me lo da sin problemas. Le pregunto la calle y me la da también, el número, todo. Pero, ¡ojo! acá viene el momento clave. Le pido las entrecalles, campo obligatorio a completar en la ficha. El viejito vacila y me dice que no se acuerda entre qué calles vive. Ahí me cuenta que hace cuatro años que no sale a la calle, pero que por la promoción lo hace. Me pide paciencia. Dice que tiene que ponerse un abrigo porque está con catarro. Así que me quedo en línea. (Pausa. Imita la pose giratoria de espera en el box). El supervisor también estaba en espera. Con esa venta le ganábamos al otro equipo, así que la ansiedad era importante. Entonces empiezan a pasar los minutos. Diez, quince, veinte, cuarenta, una hora. Ya nos teníamos que ir. Corto la comunicación. Me fui a mi casa, no sin antes recibir los reproches más groseros de parte del supervisor. Habíamos perdido la venta. (Pausa. Mira al público) Ustedes se preguntarán: ¿Y...? (Pausa) Al otro día, llego al puesto con los bríos de siempre, la bolsita de bizcochos para el café, y la disposición para soportar otra jornada de infinitos TEL APONGO, buenos días. La cosa es que, apenas pongo el culo en la silla, me llama la jefa de Personal. Me llevan a una oficina donde estaba la plana mayor del call center. Cuando voy llegando me señalan murmurando algo entre ellos. Yo pensaba, éstos me trasladan a otro tipo de atención al público, qué sé yo. No era el mejor vendedor, pero tampoco era el peor. Me sientan en una silla adónde caían sin contemplaciones los rayos de una lámpara dicroica. Me recuerdan la llamada del día anterior al viejito de La Plata. Yo pensé: ¿éstos no me irán a cobrar el tiempo muerto de llamada cuando el viejo me dejó colgado? Pero, no. Era algo más grave. Me recuerdan paso a paso la llamada, que estaba grabada en el sistema, y me preguntan qué pasó con el potencial cliente de TEL APONGO. ¿Qué sé yo?, les digo. Ahí me dicen que iban a venir a pedirme declaraciones unos oficiales de la justicia, porque al viejito lo había atropellado un colectivo cuando andaba mirando los carteles azules que contienen los nombres de las calles, que allá son números, pero ése es otro tema. Me confirmaron que la familia había hecho la denuncia y que yo me tenía que hacer cargo por no saber manejar la situación tal como me lo había dictado la capacitación. Así que, después vino la reconstrucción. Me llevaron a La Plata, donde no había estado en mi puta vida. Recibí puteadas y huevazos de parte del vecindario de la zona. Y después de unos meses vino el juicio oral, el escrito, el recuperatorio y todas las posibilidades habidas y por haber para joderme la vida. Y así llegué hasta aquí, convencido de que la justicia en nuestro país funciona. Y a toda velocidad funciona. Pero tenía que ser con un boludo como yo. (Se sienta exhausto y se apagan las luces).
Hamlet y yo aplaudimos sin compromiso. Cuando se encendieron las luces, nos dimos cuenta de que había más gente, que había entrado durante la actuación. En un rincón, casi cerca de la puerta de entrada, o de salida, según se mire, dos mujeres bebían sin quitarnos los ojos de encima. No es que seamos muy atractivos, tampoco somos lo peor, pero ése no era el caso. Sí, mis amigos lectores, eran las dos. Cristina Wolf y ella. Se acercaron a nuestra mesa sin que las invitáramos, y el resto fue lo de siempre: cervezas y charlas livianas hasta las tres de la madrugada.

Por: Lüar Nömar | General | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

EXCELENTE CRITICA, A LAS DIFERENTES POSIBILIDADES CULTURALES QUE SE DAN EN LA CIUDAD DE ROSARIO, SOBREVIVIR DEL ARTE, LA POESIA, LA MUSICA, ES UNA UTOPIA.... NO TODOS TUVIMOS LA SUERTE DEL NANO!!!

patricia alvarez blanda | 02-12-2005 17:32:59

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