Viernes, 25 de noviembre de 2005
Muchos, algunos o nadie se preguntarán cómo empezó la cosa. Esto de la amistad con Hamlet. Todos en nuestro país llegamos de alguna parte. Y mi familia no llegó del norte como más de uno podría haber imaginado. Lo de Lüar es el apodo que me puso una chica que conocí mucho antes de ella, y que soñaba con irse a vivir a Woodstock con un sueco totalmente rubio que le diera sexo, porros y rock and roll. Pobre chica, ni pudo ir a Woodstock porque estábamos en los ochenta, ni pudo teñirme mi exultante, y extensísimo cabello azabache. Lo de sexo porros y rock and roll se pudo negociar con facilidad. Lo de Nömar, simplemente era para acompañar el apodo y no desentonar, porque, al fin y al cabo, siempre detesté esos afanes de exotismo que conllevaban a hacer surgir personas, o personajes, denominados en sus DNI tan abruptamente como Jennifer Pastacciutti, o Elizabeth Brochalargue, o Washington García. Por qué tanta falacia, si es tan cool llamarse Isabel, Juan, Pedro, o Hamlet.
A propósito, porque por ahí venía la cuestión, la cosa con Hamlet comenzó en la escuela secundaria. Ambos fuimos a una escuela industrial donde estaba, entre el cuerpo docente, toda la flora y fauna de Rosario. Ya por esas épocas, de la dictadura militar argentina, Hamlet comenzaba a resistir. Andaba con algún disco de los Rolling Stones bajo el brazo, que trataba de esconder entre libros de biología e historia moderna y contemporánea. Las profesoras de Matemáticas y Geografía le aconsejaban dejar de lado esa música demoníaca y volcarse hacia las melodías inexplicables de Bach y de Mozart. Hamlet les hacía un alegato que duraba toda la clase acerca de por qué escuchar en ese momento a los Stones, qué representaban, qué se podía cambiar en un mundo que caminaba hacia la fragmentación para siempre. Lo cierto es que Hamlet rompió las pelotas con los Stones hasta que llegó la guerra de Malvinas y, además del cagazo a que nos convocaran como reservistas si duraba mucho más, nos escondíamos en los dormitorios para escuchar música en inglés. En una de esas sesiones Hamlet me confió que odiaba la violencia y la guerra, porque perjudica a la gente común. También me dijo que comenzaba a odiar a las mujeres, porque ellas quieren a los muchachos de autos caros y motos extravagantes. Él no imaginaba a una adorable adolescente asediando, en persona o telefónicamente, a un ordinario muchacho pelilargo que deambulaba por la ciudad con un L.P. de tapa de cartón deshilachado con aroma a sovaco. Hamlet maldecía haber nacido en estas pampas, porque creía que las chicas que él idealizaba nacían, crecían y se reproducían en norteamérica o en Inglaterra. Así fue, entre discusiones y goces musicales, que llegamos al día en que conocimos a ella y a la Jeanine de estos lares. Pero si bien yo me enganché con ella, porque adoraba la poesía y la narrativa en una extraña combinación con un deporte de masas que no viene al caso; Hamlet no pudo con Jeanine, aunque ésta se empeñaba por aprenderse las letras de los Rolling Stones. Aunque cuando íbamos al cine, de a cuatro, Jeanine le susurraba “Miss you”, o “Satisfaction”, a Hamlet todo le sonaba falso. Con el correr de los años siguieron viéndose, amagando a que en cualquier momento se enganchaban con un hombre o mujer respectivamente, sin embargo terminaban tomando cerveza en algún barcito de galería, luego se iban al dormitorio de Hamlet y al amanecer buscaban cualquier excusa para separarse por algunas semanas. Las tostadas mal quemadas, la vieja manteca pegoteada en la heladera Siam de la abuela de Hamlet, o el cuchillo desafilado que no permitía cortar bien el pan, eran suficientes para alejarse uno del otro después de una noche de arrumacos y sexo explícito.
Esta semana encontré a Hamlet en un nuevo proceso de resistencia. Todo el mundo sabe que en febrero del año que viene van a tocar los Stones en Buenos Aires. Lo que no sabe todo el mundo es que Cristina Wolf, la pequeña y amarga Jeanine, compró dos entradas de campo para verlos acompañada de Hamlet. Aunque éste me confió que por el valor de la entrada, esos conciertos iban a estar plagados de profesionales cool y exitosos, burgueses asquerosos que alguna vez detestaron el vinilo y hoy aman el MP3, y modelos que sólo dan la cara en revistas de mierda que se leen en las peluquerías. Intenté darle un matiz positivo a la cosa y le dije que Jeanine se estaba jugando en grande al gastarse trescientos pesos, el ochenta por ciento de su sueldo en la pilchería, para ir acompañada por él al concierto. Pero Hamlet se puso a hacer cálculos de cuántos turnos de telos podría haber significado. Pero si ustedes se acuestan en tu casa, le dije. No importa, es un cálculo, me contestó. Siguió afirmando que se podría haber gastado en no sé cuántas botellas de cerveza, y otros cálculos por demás inefables. Le grité que se trataba de los Rolling, el amor de su vida. Y Hamlet me dijo, lentamente, con dolor, que no iba a ser un concierto para la comunidad Stone. Me llevó a su casa, puso un vinilo en la bandeja giradiscos, de los Stones, por supuesto, y bajó el volumen. Mencionó a Jeanine diciendo que no la iba a defraudar, que la iba a acompañar para escuchar desde afuera del estadio a los Rolling, y que esperaría, para disfrutar de nuevo un concierto de los Ratones Paranoicos en el Anfiteatro Humberto de Nito.
Me fui esa noche sabiendo que Hamlet siempre hace lo que quiere, de una manera o de otra. Y lo sé desde que empezó la cosa.
Por: Lüar Nömar | General | Comentarios (1) | Referencias (0)
alfonso | 29-11-2005 09:15:52
la novela de un narrador que vive semana a semana
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