Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

mentiras argentinas

Viernes, 18 de noviembre de 2005

Hamlet, siempre Hamlet

El fin de semana había transcurrido sin demasiados sobresaltos. Sin ningún sobresalto si tenemos en cuenta que me la pasé en la cama viendo revistas sobre cine y literatura, leyendo cuentos de fútbol, que son más interesantes que los propios partidos, y escribiendo en la PeCa mi columna para el portal de esos locos amigos, que había que cargar el lunes por la mañana. Fue entonces, el lunes por la mañana, cuando iba a salir, que encontré junto a la puerta del lado de adentro un papel con un mensaje de Hamlet Alfredo Caporosso. Me citaba en un bar del centro, para encontrarnos el lunes por la noche. Me decía que tenía una propuesta importante que nos iba a sacar del ostracismo para siempre. Hamlet era así: sensacionalista en los mensajes y realista en el desarrollo de los temas.
No sé si todo el ciberorbe sabe que en mi ciudad se realiza anualmente, en noviembre, la fiesta de colectividades, en homenaje a todos los inmigrantes que se han llegado hasta aquí en busca de prosperidad. Se trata de una semana de muestras culturales y comidas tradicionales que se pueden disfrutar, en general, un par de días porque habitualmente llueve el resto de las jornadas. Se dijo siempre que lo de la constante lluvia era producto de una maldición de gitanos que se vieron impedidos de montar su carpa desde el inicio de esta fiesta. Lo cierto es que este año no llovió un solo día, y todos ya creen que hubo algún indulto gitano, o cosa por el estilo. Sin embargo, este lunes en los medios no se habló de otra cosa que de la elección de la reina de colectividades, de la cantidad récord de gente que concurrió y de lo curioso que fue que no lloviera una sola vez. Yo tendría que haberme preguntado dónde y para cuando se estaba guardando tanta agua acumulada para descargarse sobre nuestra tan querida como odiada ciudad. Debí suponer que terminada colectividades, cuando la zorra rica vuelve al rosal, la zorra pobre al portal, y el avaro a las divisas, las aguas iban a caer de alguna manera. Es cierto que no soy muy afecto al uso de paraguas, objeto inútil si lo hay, que se dobla y se rompe ante la menor ventisca, así que cuando fui al encuentro de Hamlet, siendo las diez de la noche más o menos, tal era la hora de la cita, se desató el aguacero. Mojado hasta las pelotas ingresé al bar haciendo paneo en cada una de las mesas para ver en cuál estaba Hamlet. Cuando lo ubiqué, me acerqué, chorreando sobre el piso la prueba del incidente. Hamlet, que estaba escribiendo algo en un cuaderno espiralado, percibió la sombra de mi humanidad, levantó la vista y no tuvo mejor idea que preguntarme qué me pasó. Silencio. Me senté y pedí un café bien cargado y bien caliente.
Miré a Hamlet con la mirada del amigo que espera un alegato que permita cambiar el sopor de una vida sin rumbo por el ruido de otra con un norte que valga la pena. Hamlet dijo que tenía la justa. Esa sentencia indicaba que la cosa venía cargada, más que el propio café. Me aclaró a la defensiva que no se trataba de ningún rebusque de baja estofa como el de Mariano, un ex compañero en común, en la secundaria, que incorporó a su vida un negocio tan redituable como ilógico para algunos, y estúpido para otros. Mariano registraba gestos y costumbres en la dirección de propiedad intelectual. Y decía que vivía holgadamente de ese negocio. Se jactaba de haber registrado, por ejemplo, sacudirse tres veces el pene luego de orinar. Entonces, había conformado un ejército de inspectores, era tal el negocio, que se ocupaban de recorrer bares, estadios de fútbol, cines y otros tantos lugares públicos, con el único fin de instalarse discretamente en los baños señalados para caballeros, hombres, o men y fiscalizar quiénes sacudían más de tres veces su pene luego de la placentera descarga, tomarle los datos y enviarle trimestralmente el recibo para que puedan abonar el tributo con comodidad en cualquier banco junto a cualquier recibo de t.v. por cable, el agua, la luz, y otros. Hamlet aclaraba que su propuesta no tenía nada que ver con tan espurio negocio que había comenzado a generar traumas psicológicos y escandalosas exposiciones de hombres que salen a un hall de cine, o a la mesa de un bar, con los pantalones mojados porque evitan la sacudida extensa para evitar el tributo. También se han detectado ataques a inspectores y alto índice de consultas a urólogos por problemas de vejiga en hombres que se aguantan cuatro o cinco horas cada vez que salen con sus amigos o sus parejas. Hamlet repitió que su propuesta no tenía nada de eso. Y anunció con elocuencia que en cuanto la escuchara, me iba a caer de culo.
Cuando se acercó el mozo con mi café, giré para hacerle lugar. Mientras dejaba mi pocillo con comodidad sobre la mesa, acompañado por el diminuto vasito de soda, mi vista estaba puesta en la puerta de entrada. No me quedó más remedio que verla. Era ella, empapada hasta las piernas, que en su fino vestido negro semitransparente aparecía tan sensual como lista para una noche post cine con torta de chocolate, mate y canciones de Sabina (ah, y poemas de Kerouac). Fue un momento culminante, lo reconozco, fue como haber llegado al alba en segundos, hasta que toda la magia se apagó cuando vi, detrás, pegándole patadas a un paraguas doblado, a la imbécil de Cristina Wolf. Sí, la devaluada Jeanine Garófalo de las pampas. Me di vuelta para decirle con la mirada a Hamlet que no lo podía creer, pero él estaba embelesado con la figura de Jeanine, a la que estoy seguro veía mientras en su mente sonaba el recordado “I’m singing in the rain. Just singing in the rain”. Se levantó para auxiliarla inmediatamente con el paraguas (se conocían, obvio, gracias a nosotros, aunque histeriqueaban permanentemente), así que ella y yo quedamos cara a cara. Le ofrecí una silla en nuestra mesa y la abrigué con la campera que el mozo tenía colgada en el perchero. Nos quedamos hasta las cuatro escuchando música con mucho saxo y bajo eléctrico. Ella me dijo que en la semana iba a ir para casa a buscar unas revistas que se olvidó cuando se fue. Hamlet y yo las acompañamos bajo la luz de la luna, ya no llovía, hasta el departamento de Cristina, donde pasarían el resto de la noche. Hamlet le hablaba a Jeanine de la importante incidencia de la lluvia y las alcantarillas tapadas en la conformación de parejas duraderas. Nosotros caminábamos en silencio, mirándonos sólo de vez en cuando.
Hamlet me llamó esta mañana para que nos reunamos por el tema de su propuesta. Me habló durante cuarenta y cinco minutos sobre eso y trató de meter forzosamente el tema de las chicas: ella y Jeanine. Le dije que por ahora no pensáramos en otra salida juntos. Aún cuando yo sigo pensando en el beso de despedida de ella, en la mejilla, muy cerca de la boca.

Por: Lüar Nömar | General | Comentarios (3) | Referencias (0)

Comentarios

El estilo de este blog mejora entrega a entrega. me llevé un susto trmenedo al ver que hoy, sábado no llegaba....hasta que me di cuenta de que no había prendido mi computadora. A tal punto me ha obsesionado esta historia, que creo que debería llegar directamente a mi percepción.

Dohmer Vejstrup | 19-11-2005 16:46:08

si no te leo me pierdo lo bueno que es tener ganas de leer algo bueno.Si todo existe en los libros,esto es maravilloso, tenes que ser un escritor profesional, no creo que no seaas. muy bueno segui asi . juliana

juliana ana | 23-11-2005 17:31:09

Oye, Hamlet: a esa Cristina o Jeanine, se la tienes que poner y se acabarán (sí, acabarán) los problemas.

claudio | 23-11-2005 20:07:16

Comentar


Recordar datos

Acerca de

la novela de un narrador que vive semana a semana

Categorías

Sindicación

Añadir a Feedness
RDF XML ATOM

Créditos

Diseñado por Studio.st
Online gracias a Bitacoras.com

LaInformacion.com lainformacion.com - Medio Oficial de los Premios Bitacoras 2009