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mentiras argentinas

Viernes, 04 de noviembre de 2005

El dato del pibito

El pibito, cuyo nombre para que lo vayan conociendo es Felipe, me tiró un dato importante para mi columna seria (la del portal de mis locos amigos). Me dijo que escuchó, en el bar donde pasa ofreciendo un periódico alternativo que venden chicos de la calle e internos de un psiquiátrico, acerca de un tipo que va a abrir un supermercado y va a tomar a sus empleados en regla. ¡Un notición! Que un supermercadista de mi ciudad inscriba como corresponde a un trabajador en los registros de la secretaría de trabajo de la provincia es una nota irrepetible. Porque, no me olvido que escribo para todo el orbe, muchos supermercados, de esta zona, están plagados generosamente de pasantes (eufemismo por trabajadores en negro, o con sueldo rebajado, o sin carga social). Incluso uno de ellos fue lastimosamente señalado por un medio hasta que tomó una medida que hizo desaparecer la noticia de las incorruptibles páginas del periodismo de mi ciudad. ¿Cómo? ¿Con enconadas amenazas de muerte? No. ¿Con algún boicot publicitario? No. ¿Cómo, cómo, cómo? Aumentando los paquetes publicitarios en los medios. Hoy ese supermercado está en todos los medios, a cada hora, minuto o segundo en que enciendas una radio o un televisor. ¿Y qué medio está dispuesto a despreciar esa cuenta? Antes, los directivos de esos medios, venderían un hijo. Por eso era noticia lo que me comentaba Felipe, mi informante. Por ende, decidí localizar al supuesto inversor, no sólo para hacerle una nota, sino para felicitarlo por sus virtudes de buen ciudadano y, de paso, ofrecerme como redactor de sus publicaciones, de sus folletos con promos de productos baratos, de sus notas institucionales o de los cartelitos que adornan las góndolas sugiriendo calidad y precios especiales.
Fui hasta la parada del colectivo (bus, para todo el ciberorbe), dispuesto a esperar una media hora, tal el eficiente servicio que nos brindan estas empresas de transporte. Recordé a Hamlet, no el hijito de Shakespeare, sino Hamlet Alfredo Caporosso, un ex compañero de la secundaria. Odiaba tanto a los empresarios del transporte que vivía señalándolos como enemigos de la ciudadanía, afirmando que sus empresas quebraban porque se jugaban las jugosas ganancias en un casino de Corral de Bustos, una localidad cordobesa. Allá por los años ochenta, era frecuente ver en los medios de comunicación a empresarios del transporte que imploraban por un aumento en la tarifa bajo vaticinio de que en una semana no podrían prestar más servicio y la gente se tendría que arreglar como pudiera. Ésto a Hamlet lo irritaba sobremanera y organizaba unas campañas en solitario que consistían en diseminar miguelitos (tachas, clavos) con el fin de reventarles los neumáticos para que tuvieran más pérdidas aún. Incluso un día, viajando en el último asiento, contra el que da la puerta trasera al abrirse, hizo fuerza con sus pies al unísono hasta romper el vidrio de la misma cuando bajó un pasajero. El chofer escuchó un ruido extraño, levantó la cabeza, observó por el espejo y, como lo único que halló fue a Hamlet durmiendo, siguió la marcha normal. Sin embargo, Hamlet al bajar sentiría una de las satisfacciones más grandes de su vida al haberle provocado a un empresario del transporte un gasto que se podría haber evitado. Lo cierto, es que el colectivo llegó como lo hacía habitualmente: tarde. Así y todo fui en busca de ese hombre que sería noticia en mi columna seria. Iba mirando por la ventanilla, con la atención que merece todo escritor, cuando la veo a ella (no me sacarán el nombre, por ahora). Parecía alegre. Sé que sólo es producto de mi imaginación. Parecía espléndida. Había cambiado su peinado por uno similar al de las modelos que publicitan sin pudor champúes por doquier, en la tele, en las revistas, en los afiches callejeros. Estaba parada frente a un comercio de venta de bijouterie dispuesta, seguramente, a comprarse esos aritos de plata con forma de delfines que le negué hace un par de meses porque tenía que cambiarle el cartucho de tinta negra a la impresora de mi PC. Me recosté en el asiento para que no me viera (podría hacerlo a través de la vidriera), consiguiendo que el inspector, que recién acababa de subir, se abalanzara como un huracán hacia mi humanidad para pedirme la tarjeta magnética donde constaba la marca de mi pasaje. Al comprobar que todo estaba en regla se alejó dándome las gracias que su patrón no le daría por la alcahuetería. El colectivo avanzó unas cuadras pero ella se quedó por un rato en mi agenda mental. Bajé en la esquina debida. Llegué hasta la oficina y antes de acercarme a la chica de formal estampa que se limaba las uñas con esmero detrás del escritorio, decidí dar media vuelta y seguir vagando por las calles para recalar donde ellos me esperan siempre. Mientras caminaba, preguntándome por qué si deseo borrarla de mi mente, aparece como un signo de mi debilidad, o ante mis ojos, como un graffiti pintado con sangre en una pared color crema gritando una consigna callejera. ¿Por qué?
Para entretenerme, y olvidar un poco el mal trance, al pasar por una funeraria vecina, vi que su portón se abría y se cerraba automáticamente aunque no se acercara ningún coche. Aposté conmigo mismo que sería capaz de arrojar mi birome adentro cuando se abría el portón y la sacaría antes de que se cerrara. Lo hice. Al ingresar a la playa, donde había varios coches estacionados, me resbalé. Ésto me hizo perder unos segundos, los suficientes para que, al darme vuelta viera que el portón ya se cerraba totalmente. Aunque corrí, quedé atrapado. Miré a mi alrededor para solicitar alguna ayuda. Fue cuando venía una mujer espigada, vestida de negro, con la nariz colorada de tanto llorar, que se aferró a mí como a una tabla en pleno naufragio. Varias veces musitó: viniste, viniste. Luego me llevó a la sala y me convidó con café. Cuando salí me di cuenta que ella estaba completamente sola y que debí acompañarla al cementerio a dar su último adiós. Llegué a casa y me acosté. Calculé que ellos seguían esperándome, pero ya era tarde. Me dormí.

Por: Lüar Nömar | General | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

Sinceramente me encantó lo hasta ahora publicado por vos, sinceramente es fashion, se mezcla el ritmo, las ganas, la tristeza por saber que la realidad supera a veces los datos de felipe. Seguí escribiendo así. Eres un genio escribiendo.

mariajuliagaray | 11-11-2005 08:32:31

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la novela de un narrador que vive semana a semana

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